Desde el punto de vista de una tormenta esto es lo que ha sucedido. Todo se iba enfriando con velocidad de vértigo. El aire se volvía húmedo y a la vez duro anunciando por encima de la copa de los árboles de la avenida, unas cifras que convertirían el día como el más frío del año en años, el más gélido. 

Un trueno rasga la soledad del silencio de la noche que, había empezado pronto por el toque de queda. El estruendo dio paso a un resplandor casi imaginado que rompió ese detenerse ese silencio, pues cuando un atormenta empieza éste dura bien poco.  

El agua se abre paso a machetazos, el viento le imprimía carácter. Las calles van lentas, la lluvia rápida. Se hace visible en los parabrisas, en los cristales de las ventanas, en los patios,  en los jardines abiertos. Las botas pesadas hacen ruidos de charcos al chocar contra el asfalto.

Las luces rebotaban insistentes en el vientre de las nubes, esas nubes que hacía un rato solo eran proyecto de jirones perdidos y ahora una masa inmensa de nubarrones.

Aquí es cuando las palabras revolotean bajo las luces perdidas de las farolas  o de las luciérnagas de invierno helado. Comienza el caos. Rescates a la desespera. Ola de frío gigantesca, la verdad es que esta vez el superlativo encaja perfectamente en la descripción. Las nevadas del siglo, las blancas aceras, los blancos tejados, los peligrosos carámbanos, los mortales hielos. Y vemos  paisajes helados,  escaleras tramposas,  carreteras cortadas, esperas desesperadas. Adjetivos feroces que no tiene donde dormir porque pocos los atienden, ni en las calles ni en los aeropuertos. Todo ellos sumergidas, medio sepultados  en metros de nieve. Frío, mucho frío.  

Aun así, salta la chispa lúdica en un mal momento diría  y se patina sobre las calles, se esquía  alrededor de las fuentes o se practica  snowboard por donde sea. Se habla de horas críticas. Urgencias de escayolas compartidas con UCI de covid.