Estudio en escarlata o en medio de una ola de calor que reseca el lagrimal y pone en jaque  las piscinas cerradas frente a las playas que abarrotadas defienden desde sus ayuntamientos que son lugares seguros.  

Pericia de rastreador tenía Sherlock Holmes y desde luego inteligencia y sabía observar aquello que le era visible e invisible y lo que no podía ver con los ojos de agudo ingenio se lo acrecentaba su razonamiento deductivo que enganchaba como eslabones de cadena, una tras otra las pistas que siempre son extraordinarias por muy pequeñas que parezcan en el caso en cuestión.

Sherlock, arquetipo de investigador cerebral, nada visceral, surgió de la mente de Conna Doyle como Auguste Dupin de la de Edgar Allan Poe. Excentricidades de personajes de libro aparte, cuando se oye hablar de los rastreadores  del coronavirus, rememoro la pericia de este detective de libro y no me salen las cuentas.  

Teniendo en cuenta que Holmes, victoriano hasta la médula, contaba con su amigo Watson lo que le supuso una inestimable colaboración, me pregunto ¿cuántos rastreadores tenemos para este caso del coronavirus? Pocos, insuficientes me temo y seguro que ellos no tiene un buen amigo que les eche una mano, seguro que sus medios son escasos, cobran poco y tiene que repartirse los sumarios en un tanto por ciento  desmedido. 

Cada comunidad gestiona a su gusto ¿Cuántos hay? No se sabe, parece ser que estos rastreadores reales, profesionales con título sanitario obtenido con esfuerzo, no son suficientes si tenemos en cuenta lo importante que es detectar con prontitud cualquier caso.  Según mis fuentes harían falta más de 40.000 efectivos en la sanidad pública.

Así se descubrieron los últimos casos  el de Córdoba por ejemplo, el de los futbolistas de Fuenlabrada lo sabía el propio equipo, que falta de todo! Se necesitan rastreadores para fiestas desbocadas en  playas, campos  o en las plazas de toros.