Oigo el sonido de los cohetes en la víspera de San Juan. Suena tímidos y casi afónicos intentando competir con un mar embravecido que rescata jirones de noches, de esta y de otras pasadas. Futuros inciertos de camaleónicos resultados conjugados en condicional.

La última hora de un terremoto en Méjico está en la misma línea de escritura que un resultado futbolístico  del que no me interesan los nombres de los equipos igual que no me interesa este deporte.  Sólo  para  colocar las dos noticias  en la balanza, esa balanza de dos platillos en la que un nivel trata a duras penas de ser justo,  equitativo, íntegro, pero que aun realizando un gran esfuerzo, tiende por desplomarse en casi todo los diarios  a favor de ese partido que trágicamente  se juega a puerta cerrada   y el platillo olvidado y eso que un volcán en erupción hace mucho ruido   se queda arriba desvalido, colgando con su lava candente derritiendo cientos de vidas ya minadas por la pobreza y la enfermedad. 

Conocimiento, enseñanza, niños sentados en islotes inconexos en una especie de isla con paredes que serán las aulas de siempre. Sin  contacto, es lo que hay que hacer para volver a las aulas. Me río cuando se cuentan con los dedos de una mano y de la otra los chicos y chicas en un aula.  Que no se toquen, que no se miren, que no se vean, que se desinfecten, que se ignoren, que… me horroriza pensarlo aunque tenga que ser así por razones sanitarias. 

La enseñanza necesita luz y amplios espacios, alegría y esperanza, calles para correr, patios de recreo en los que saltar, hablar, mezclarse, perderse en laberintos de colores con olor a tiza. Sé que voy a dormir perdida entre los sueños, cansada como si hubiera viajado al fin del mundo debe de ser el efecto de esta noche mágica en las que las hogueras no se encendieron.