La suave brisa aireaba los visillos semitransparentes que vestían con ligereza las adivinadas ventanas de allá al fondo. Demasiado cerca y a la vez inalcanzables. No nos dejaban ver que había más allá y tampoco parecía  que ese más allá conociera realmente de nuestra presencia  y eso que estábamos en la  mismadimensión.  Dos mundos distintos se percibían.

No, los del otro lado no tenían intención de acercarse a nosotros, no querían comprender y ayudar, solo lanzaba frases de descrédito y verdaderos disparates  en aquel hemiciclo que representaba  a todos los allí presentes aunque unos y otros nos viéramos borrosos.

Aquellas siluetas del fondo, las de detrás de los visillos estaban desdibujadas. Imprecisas y arrogantes algunas, chillaban sin entender que la crispación y los cuellos duros no sirven para paliar  pandemias, para conseguir mejorar nuestros hospitales, para revestir en condiciones a nuestros sanitarios para acercarnos a la  tranquilidad de todos  facilitando  los test de detección PCR. No entienden que abrir bares a mansalva no es lo mismo que abrir escuelas, institutos,  universidades. No quieren ver que los campos de futbol  se llenan de abrazos sudados y a nosotros se nos prohibe la cercanía sin soluciones reales y efectivas. 

¿Cuál es la diferencia? Tal vez esos test  PCR que disfrutan otros, los que están detrás de los visillos  se llamen como se llamen. Aquí, en el lado que me ha tocado,  a este lado de los blancos visillos sutiles pero no transparentes,  se ven manos muy limpias y  mascarillas en algunos rostros. Vulnerables  sentimientos. Colas de personas guardando  distancia para recibir a alimentos, límites de pobreza  desbordados, miedo a lo desconocido, impotencia enmascarada de nueva y extraña  normalidad que aún no habita en los parques cerrados del tiempo.

Los visillos  seguían a lo suyo, revoloteaban  incansables y felices de no ver lo que ocurre  a un lado o al otro, pues al ser semitransparentes jugaban a dos bandas.