La lluvia no necesita permiso. No pesa o pesa poco en los paraguas y ahora de uno en uno, menos. Moja impunemente las hojas de los árboles, los caminos  adoquinados que se pierden en los jardines  sin saber a donde los llevará el destino. Se encuentra sola a pesar de tantas gotas unidas en un charco, en un hueco de la acera, en una hornacina huida de la memoria. 

Siluetas borrosas y fugas increíbles sin mascarillas ni guantes. Se le ha permitido todo a este aguacero que llega sin premeditación y deambula a sus anchas mientras los mortales miramos  tras los cristales como chorrean las calles  corriendo  llenas de agua sintiéndose parte quizá de su  marcha libre. 

Y aunque libre se siente sola. No puede llamar a las puertas,  no siente que su sonido cadencioso a veces y fuerte otras sea escuchado y entendido. Se siente cansada física y sicológicamente debe ser este encierro que le cuentan las nubes algodonosas y cotillas que abandonó  hace rato. Cansada tras horas sin parar, no puede sentarse a lamer sus heridas, a tirar de autocompasión, no hay sillas para la lluvia, si acaso un ligero reposo en un escalón perdido en la  entrada de una casa. 

Pocos coches que empapar. ¿Y las gentes? ¿Dónde han ido? Los tejados enmudecen también. Será este nuevo tiempo, este nuevo día que resulta un tanto anónimo y llenos de  contradicciones. 

Ya ha amanecido  y ella  sigue sin percibir ese movimiento confuso que se produce con su visita, esos atascos en las calles ese chapoteo de correr hacia ninguna parte. Aun así, no se deja embaucar por las alcantarillas  que siempre intentan romper su ritmo. Nota una urgencia especial en el silencio.

¿A dónde se marcharon los niños que se escondían de ella en los patios de recreo? ¿Dónde está la cercanía el calor humano, la conversación rápida, las risas? Se marcha la lluvia a llorar su soledad salvaje  sobre el mar.