Hemos cambiado de año y entrado en una cifra que los astrónomos y otros personajes, calcularán como buena o mala, mágica e incluso trágica. Pero ¿quién piensa ahora en nada más? Aún con las migajas  desproporciones de Navidad en la nevera, con los juguetes sin ubicar o recoger. Papeles que gimen cuando se rasgan porque en su interior habita el regalo esperado o no. Orillos, celofanes, platas.  Lazos y pegatinas con buenos deseos.

 

Regalos en forma  de collares, pulseras o anillos  esperando oportunidades de cuellos elegantes, o una muñeca  de fina piel y  estilizado diseño. Dedos finos, elegantes,  largos y. de uñas cuidadas  pintadas de color Cherry on top.  Bufandas cálidas y repetidas que marcan un antes y un después en nuestro armario. Corbatas de seda o calcetines  de rayas.  Relojes que emergen de cajas aterciopeladas sin tiempo que los controle, sin manecillas que se agiten cada segundo porque aún están inertes, nuevos hasta que alguien marque la hora en su esfera  azulada  y lo invite a contar los momentos.   

 

Regusto de champán en la garganta y dulces sortilegios de hojaldre o bizcocho bañado en chocolate y nata que te convierten en rey  de la fiesta o te destronan  hasta el año que viene.  Bailes en los zapatos de tacón alto que por arte de encantamiento se convierten en tímidas bailarinas que danzan toda la noche bajo capas de  lentejuelas cosidas en tules ilusión al son de la orquesta o al de la voluntad del D.J. que este día tiene que ser feliz sí o sí. 

 

Abrazos amigos y familiares  cuchicheos felices que olvidan el mundo exterior por unos días, por cortos momentos.  Se suman esperanzas y deseos y se engarzan cuidadosamente las peticiones con cada bocado.  De repente en medio de todo este conjunto una  luz despierta las conciencias dormidas y uno se acuerda de que hay otros mundos no tan felices y tuerce el gesto como tocado en el costado por una mano helada. ¡Ay!