Lo llenó todo de aquella luz tan diáfana, tan blanca, tan lúcida. Primero fueron los bolsillos de la chaqueta, luego le pareció escaso el botín y siguió su búsqueda más allá de los límites restringidos de la tela y se dispuso a llenar su pequeña casa de luces. Bombillas blancas de luz cálida, amarilla o rosada. Centelleaban todas y se desparramaban alegras por balcones y ventanas iluminando la noche del infinito como si un inmenso faro del fin del mundo se tratara.  

 

Guirnaldas alegras y bulliciosas que traspasan los límites  cualesquiera que fueran estos. Bajo las camas, en la bañera, tras los armarios las más tímidas o  encima de un sofá inmenso las más perezosas y soñolientas. No había forma de almacenarlas de guardar su luz para luego, para otro momento, para el futuro. La luz es inmediata pues era de la filosofía del aquí y ahora. 

 

Aquella mercancía lumínica era de incalculable valor y sin embargo aquel hombre no la vendía, no comerciaba con ella. Llegó un momento en que los rótulos de intenso neón atiborraron las escaleras y los ascensores del edificio. Fueron los árboles de las calles aledañas los que corrieron en su ayuda y se convirtieron en cómplice  de aquella fechoría  llena de destellos. Y entre sus ramas se volvieron dúctiles y gráciles.

 

Los destellos  lúcidos desterraron tinieblas que iban más allá de lo permitido en cualquier vida,  en cualquier casa, en cualquier mundo soñado o real.  Y así como la tiranía impide toda clase de luz, él se lazó ante ella con la claridad  de argumentos lumínicos tan abrumadores que la batalla de las zonas oscuras se sintió vencida y arrinconada, condenada a vivir resplandeciendo. Se pensó este hombre una vez su condena por robar aquellas luces y no lo imaginó pues nunca había tratado con algo parecido.

 

Qué diría un abogado o un juez ante su fechoría. Por cierto ¿habría cárceles para los ladrones de luces? Sólo un rastro de pequeños destellos respondieron con las risas que habían querido vivir aquel instante.