Apacible mañana de octubre, tal vez más calurosa  de lo fuese deseable. Tranquilo el mar y el  paseo marítimo, la playa casi desierta. La gente cabalgando sobre deportivas de colores. Rostros desconocidos, no sabemos nada de ellos, es más, nunca les hablaremos y ellos tampoco nos dirigirán la palabra, no por falta de educación sólo y llanamente porque entre unos y otros somos desconocidos. 

 

No hay autobuses en donde volvamos a verlos, tampoco calles en donde nos los crucemos o cafetería en las que compartamos un café o un refresco. Desconocemos por completo cuál es su trabajo, sus penas o sus alegrías, sus deseos más sencillos o sus ambiciones menos elevadas. Fracciones de vidas que se cruzan con la nuestra, son como esos personajes de películas que están llamados a papeles secundarios y a los que no recordaremos tras varios días de su visionado.

 

Pero todos ellos y ellas tiene vidas reales llenas de tareas múltiples  Si conseguimos cruzarnos de cerca tal vez oigamos un acento alemán, inglés, y entonces las posibilidades de  volver a ver esas personas se reduce.  Ensimismada con estos pensamientos me encontraba sentada ante el gran ventanal de mi casa que da sobre el mar.

 

Cuando oigo una voz que en segundos rasgó la mañana Ayuda! Ayuda! Intensa, grave, angustiada.  Mirada sobre las pistas de tenis, en los jardines No había nadie. Chapoteo en la orilla. Allí un grupo de esas personas que no se conocen de nada, acuden  en socorro de alguien que lo necesita. A los poco minutos un cuerpo exhausto yace en la arena. La voz se oye  de nuevo, apremiante, ¡teléfono! Por favor llamen!

 

Soy la que tiene un teléfono. Marco 112, “la ambulancia está en camino” Tardó muy poco en llegar.  Maniobras de reanimación, como en las películas, solo que  aquello era la realidad. Todos expectantes. Los desconocidos volvimos a nuestros lugares de origen con una sombra gris en el fin de semana.  Esa mujer  de rostro lejano dejó  su impronta en mi memoria. Ella no regresó.