Se abre la bahía hacia lugares nocturnos que expanden las luces de las farolas, los reflejos de la luna, el silencio del inicio del otoño que  no deja de parecer un  prolongado bostezo del  verano. Una curva exigua es la bahía abierta al Mediterráneo, habitada por ficticias barcas que acuden al encuentro  del agua. La imaginación crea  algunos nubarrones que infructuosamente intentan mitigar el calor del terral.  

 

Queda poco rastro de las bulliciosas gentes que normalmente recorren la ciudad. Las calles no duermen nunca, pero se desprenden, poco a poco, de las pisadas rápidas, de los suspiros ahogados, de los pensamiento escondidos en algún agrieta o callejón que no llega  a perderse pero que entre las sombra huye. No se ven sandalias ni bañadores de colores como si estos fuesen los protagonistas de una acuarela de Dufy, aquellas en las que aparecen palmeras de verdes imposibles y bajo ellas,  americanos, franceses, ingleses, alemanes, italianos…, paseando sudorosos bajo un sol cansado  de presidir el verano agosteño.    

 

Solo el sollozo de una canción perdida resquebraja de algún modo la partitura de la noche. Recostados en los bancos del parque o de la alameda  se descalzan  amores y  desengaños, cansancios y alegrías de vida. Olores a jazmines tardíos y a nardos confusos.  Hay fachadas poco iluminadas en las que se adivinan rostros fantasmagóricos que  desaparecerán con la luz del día o con el chorrear de las buganvillas que húmedas caen sobre la cal viva.  Hay habladores solitarios que recorren aceras  con teléfonos móviles invisibles. Gesticulan  ambicionando contar, explicar, las últimas horas  del ocaso a un invisible interlocutor que vive en la otra esquina del barrio, de otro lugar que no es este.

 

A cielo descubierto, cuento las estrellas una  a una esperando encontrar a Wasat o a Kaus en este inmenso universo. Se detiene la mirada  sobre las verdades terrenales de la noche y el sueño me pica en los ojos hasta convencerme de que ya es  la hora.