Ahora que parece que me salen las palabras sin acompañamiento retórico sin barrocas intenciones, solo con sentimientos deportados, más cercanos a lo inexplicable que a la realidad.  

 

Gota a gota cae el sudor de su frente, del liviano pelo que ligeramente alborotado  esconde sus pensamientos que hoy aglutinan todo los colores del arco iris, aunque el que más destaca es el morado. Es un septiembre húmedo y calurosos típico de Nueva York.

 

Las gargantas en silencio, el pulso agitado. Para él, los rituales de siempre, agua, raquetas, toallas tienen que ser dos sobre sus rodillas. Encontrar el camino en cualquier terreno, en cualquier pista.   Si yo tuviera que elegir cogería siempre el  elemento agua. Él, el campeón se adapta a la hierba o a la pista dura pero ama la tierra batida, la arcilla, el color rojizo de esta superficie. Se eleva sobre ella como si cada movimiento, fuese a ser el último.

 

Se siente a gusto.  Saques directos, dobles faltas globos imposibles sobre un rival de dos metros y diez años más joven. Nadal persevera. Determinación adquirida con un duro entrenamiento físico y mental.La ligera brisa no decae, al contrario se alía con el hombre que antes era un niño de tez morena y sonrisa tímida. De un chico que empuñó la raqueta de tenis con  pocos años y aún la sigue manteniendo con la fuerza y la determinación que sólo alcanzan los mejores.

 

Calambres en las piernas, en los dedos, emociones contenidas que se desparraman al final de un partido épico.  Ganar era la opción de los dos jugadores que saltaron a la pista de estadio, sólo Nadal llega a este territorio.  Cada minuto hay que pelearlo, en la soledad de la cancha. La historia de este deporte  se escribe  con su nombre, Rafael Nadal.  Da igual que las letras sean grandes o pequeñas,  lo fascinante es que el rastro y lo alargado de su sombra es lo suficientemente valioso para no perderlo de vista  nunca.