Estoy sentada en el último peldaño de una escalera de treinta y nueve escalones ¿o eran 29? No, esta rampa escalonada no ha tocado techo como parece. Esta escalera sólo me ha dado un descanso en mi subida  al tramo siguiente ¿o ha sido una tregua de bajada? No sé, por eso me he sentado a pensar. Mi espalda apoyada fugazmente en la pared encalada  que se levanta a la izquierda ¿o es a la derecha? 

 

Nadie me corta el paso, soy yo la que me encuentro a gusto en este territorio inexplorado que no sube ni baja, es como una zona neutral en este ecuador escalonado. Cuando en las novelas o en las películas las escaleras descienden, casi siempre lo hacen hacia un sótano tenebroso  que se apresura a capturar al último peldaño que parece estar más desgastado que los otros los que ascienden o los que siguen cayendo hasta los infiernos de un secreto oscuro y terrible.   

 

Es evidente que en todo este espacio hay un punto de salida y otro de llegada. Escalones que desafían el vértigo de la bajada o la pesadilla cansada de la subida, incluso pie de escalera en los que se desenvuelven acontecimientos que entran o salen de nuestras vidas. ¿Cuál es el final de este espacio de mármol blanco? Absurdos momentos aquellos que cuando bajamos creemos que estamos subiendo al lugar donde habitan los dioses. 

 

De repente recuerdo el último verano y un escalofrío me atenaza los dedos de los pies.  ¿Nos sentimos protagonistas de algo grandiosos  cuando  mentalmente subimos una escaleras tapizadas de rojo,  en donde cada escalón nos recuerda lo superado y cada  grada  la incógnita de lo  que ha de venir? Corre un airecillo fresco en el cercano descansillo. Una puerta  abierta en él soluciona mis diatribas. No subo ni bajo, no hay pérdida ni ganancias,  solo corro hacia una planicie azul.