Las series no acaban nunca y cuando lo hacen las han estirado tanto que se pierde el interés.  Hablo de Juego de Tronos por ejemplo o de Outlander. Se venden tan caras que nos hacen esperar una eternidad. Y luego, salvo spoiler y demás, terminan de una manera que no se corresponde con lo que el público desearía.  La culpa no es del cha-cha-cha como cantaba  Gabinete Caligari  y que ahora oigo una infinidad  de veces  en la radio cuando voy y vengo de la facultad. 

 

Pues sí, a las series se les quiere sacar tanto jugo, me refiero a la pasta,  al dinero, al vil metal, que al menos esta noche las comparo con las obras del metro de Málaga ¡no se acaban nunca! Los viandantes,  los conductores  y los televidentes, tenemos un tope de tiempo, pero caemos en la trampa una y otra vez y enseguida perdonamos  la tardanza y volvemos a la carga como espectadores fieles de lo uno o lo otro. Excusamos a los actores, productores al ayuntamiento, ¡esto es una trampa!   

 

Hablando de trampas, ¿qué se esconde detrás o delante de la revolución del taxi? Pues el dinero, vil metal. Madrid y Barcelona dos grandes ciudades a repartir. Extensos territorios y carreras largas o cortas pero sustanciosas. Esto me recuerda la serie que  acabo de ver, Vikingos, muy buena por cierto, una producción magnífica. Ellos los habitantes nórdicos del siglo IX están siempre a la gresca. Quieren sus tierras y las de los otros, sean ingleses o franceses.

 

Indudablemente los ingleses quieren aprovechar el tirón y los franceses mantener su ventaja. Vamos que todos quieren ser importantes y poseer riquezas. Es más, cuando las tiene no quieren “prestárselas” a nadie. ¿A qué parece un asunto un spoiler  de nuestros días? Pues esto es así. La historia con una simple ojeada, nos devuelve una imagen bastante parecida de nosotros mismos en el siglo en cabecera de la historia del mundo. Series y realidad. A esperar toca.