Volveré a escribir de este asunto todas las veces que haga falta. Ojalá no tuviera que hacerlo nunca más. El otra día en Facebook una amiga le daba la réplica a un político, al que le “indignaban” las muertes de mujeres a manos de su ex parejas o parejas.

 

Esta amiga  le contestaba a vuelta de “qué está pensando” que con la indignación no se salvan vidas, evidentemente yo añadí que pensaba lo mismo. La ley contra el maltrato no funciona, las medidas de “denuncie usted buena mujer que ya la salvaremos” tampoco. Ahí están los cadáveres.

 

Los maltratadores golpean donde más duele, claro que sí. Lo que un psicólogo o un criminalista me tendrían  que explicar, es el hecho de matar a sus hijos. Si ya sé que para hacerle daño, mucho daño a su pareja pero, ¡son sus hijos! Pues no importa parece ser que la sangre,  que siempre dice  tira mucho, refrán o frase que yo pongo en duda  en estos casos y otros, se queda obsoleta, degradada o vaciada ante el macho que quiere matar, destruir o dañar a la madre  cuando ésta ha decidido no seguir siendo su pareja. Hay un pacto contra la violencia de género que se debe revisar y no de manera tibia, a mi modo de ver y tras los resultados.

 

Rotundidad y aplastante contundencia,  constante que debería existir  en estos alegatos de periódicos, en estas denuncias de políticos que transforman en números las vidas. Señoras y señores, la madre de Castellón pidió dos veces, dos veces, una orden por alejamiento por maltrato y amenazas y se la denegaron. ¿Qué es más difícil creer a la mujer que denuncia o vigilar al posible maltratador? Pues claro que los perfiles no están definidos  escrupulosamente, por eso se recurre a los profesionales. Se siente indefensión. No me siento indignada por las víctimas, siento que habrá otra y otra, mientras no se haga algo contundente para evitarlo.  Sigo entrenando.