Regreso de uno de mis viajes soñados, aquel para el que hacía las maletas, hace unos días. Me he pasado más de una semana viajando por República Checa y parte de Alemania y hablando más inglés del que en principio pensé. Nombres de calles de monumentos y lugares impronunciables para mí, pero de una belleza extraordinaria y llenos de historia leída antes y tan solo unos días atrás vivida, caminada, navegada, contemplada.

Unas veces desde el puente de Carlos entre la Torre antigua y la Plaza de Ciudad Vieja con sus horas imposibles  corriendo en el reloj astronómico. 
He desenvuelto con especial cariño los regalos que  he traído a mis hijas de Bohemia. Copas delicadas de talle largo. Osada yo. Han llegado intactas.  Toca deshacer maletas, ya lo ven, pero no lo hago con nostalgia, pues aún tengo en mi piel el regusto de sortilegios de la Edad Media en cada aroma o imagen que rememoro, en cada atardecer  sobre el río Moldava.Suenan dúctiles en mis oídos algunas notas del concierto de La Filarmónica en la Sala Smetana o la que oí en los jardines al pie del castillo de la ciudadela. 

En el callejón de Oro la casa de Kafka, muy pequeñita, azul. Fotografiada hasta el infinito. Surrealismo y expresionismo, soledad, frustración, angustia. Viento de este, brisa suave que agita mi paraguas en un intento de cobijo bajo la lluvia menuda cerca del Teatro Negro.Me acoge tremenda la catedral de SanVito. Parece que he viajado en el tiempo. ¡Cuántos siglos de vidas han visto estas naves de crucería!  Cae la noche. Durante noventa minutos me sumerjo en leyendas fantasmales por las calles de Praga. Historias de miedo, luces que se reflejan amarillentas en las paredes de ladrillo. Arcos bajos y misteriosos, apariciones de espadachines, cabezas cortadas, secretos que pone el vello de punta. Esta es otra ciudad, estas son otras historias. Tal vez un día vuelva. Ahora toca verano junto al Mediterráneo.