Llamados a decidir entre la vida y la muerte. Los huracanes Florence o el Mangkhut, más bien un tifón, han dejado su rastro matador por distintos puntos de nuestra esfera terrestre. Así que no me hablen de másteres o de políticos corruptos, porque estoy hasta el tupé de que adultos elegidos o no por nosotros, dediquen sus horas muertas a tirarse los tejos. Pero hete aquí que llama mi atención que los medios o los gobiernos o quien maneje las barcas de los mundos, no tratan igual a las víctimas de uno que de otro, me refiero a los huracanes. Curioso, muy curioso. Uno nos llega de Estados Unidos de América,  otro de Filipinas o China.

 

Bocas hambrientas de espacios casi contiguos. El poder de la naturaleza para destruir. Se desliza la tierra con  perfil oscuro de muerte.  Pasan ante mí, imágenes de destrucción sin piedad. Mineros a montones, mineros ilegales, de unas minas ilegales, pequeñas minas, de algo hay que vivir, quedan sepultados. Nombre de películas de aventuras  o de pasiones, como Hong Kong,  que tuvo una condesa en el celuloide,  o Macao y sus contrabandistas.Lodo, cadáveres, dolor e impotencia contenida, barracones como refugio. Parece que los habitantes de estas zonas devastadas no quisieran salir del laberinto de su infortunio.

 

La suerte para ellos es  que estos arrasadores ciclones se debilitan, reverberan en las profundas aguas degastadas de océano y se vuelven inseguros en su avance. Otra cosa es “el año que viene” ¿Hay medidas de prevención?, me pregunto. Suena atronador el viento 240 kilómetros por hora. Asesino huracán  en serie que elige y devasta. Todo quedará reducido a cifras.  Dígitos fríos. Números que se olvidan ¿quién recordará que era de categoría 5 el letal tifón? Sólo quedara en nuestra memoria selectiva los rascacielos movidos como briznas de hierba. Pero a pesar de todo y porque las autoridades lo dice, se está tratando de volver a la normalidad. Cristales, ramas, escombros. La vida sigue.