Cuando todo se desmorona en las televisiones o algo, no quiero ser negativa, se recurre a los shows de cocina. Cualquier país civilizado del mundo haría lo mismo, digo yo. Familias luchando por los pimientos, tomates, o zanahorias escarchadas. 

En medio de gritos, llantos, esto último es lo más en concursos y programas, y también risa, menos mal, compiten los presuntos ganadores. Convendría aclarar que el presentador  de semejante cacerolada era Santi Millán, que un día de estos perderemos de vista entre pelos de barba, melena imposible y gafas XXL. Espero que no, porque siempre me cayó bien. Larguísimo ajuste de cuentas culinario lleno de desparpajo o timideces.

Famosas, madres e hijas  removiendo salsas y otros ingredientes. Rosa de España enarbolando hermosos pendientes en sus orejas,  confirmaba su timidez entre fogones, mientras los nervios chocaban con las sartenes y el aceite. Yo me había propuesto ver una serie que tenía grabada “El día de mañana”, estupenda ya les cuento, pero mis hijas que son muy cocineras me convencieron de ver el programa. Pues nada, todo sea por los buenos platos.

Me fui a por mí mandil y mi gorro de chef.  No funcionó. Salían recetas de la abuela y carreras por el  plató en busca de la deseada cabeza de ajos o los espárragos más frescos por no hablar de las papas más en forma. Cronómetros que palpitaban como si le fuera la vida en ello.  Ataques, discusiones. Poco entretenimiento. 


Los elegidos y elegidas para la gloria culinaria le dieron su chispa,  le pusieron interés, lo reconozco pero ahí fue todo, bueno y el puntazo de que Juan  Echanove sea el juez y jurado. Cuando entró el  bloque de publicidad inundando la pantalla de viajes, me ausente por unos minutos. ¡Porra fresquita! Anuncié en mi vuelta  al salón. Y sin competiciones, disfrutamos de una estupenda cena  con sabor antequerano.