Vueltos a una normalidad que algunos nunca perdieron, tras cien días del estado de alarma en el que se ha mantenido nuestro país, toca hacer reflexión. Atrás quedan tres  meses donde millones de españoles convertimos nuestro hogar en algo más que un parque de bolas. Lo transformamos en gimnasio aunque fuese subiendo peldaños de escaleras; lo adaptamos a un aula de clase tanto presencial como virtual;  lo hicimos casino jugando a todo menos al dinero y  lo acondicionamos para recuperar las voces del Dúo Dinámico que vio cómo Resistiré se convertía en el himno para luchar contra la Covid-19. 

Y hasta los más acérrimos enemigos de la tauromaquia hicieron de su balcón, día tras día, el palco en el que en lugar del pañuelo blanco de la presidencia salía el aplauso más fuerte hacía el colectivo de los sanitarios. Atrás quedan noventa días donde muchos aprovecharon para pintar sus casas, limpiar y ordenar estanterías y  acondicionar los sótanos, mientras muchos sanitarios se esforzaban en hacer batas con bolsas de basuras. Convertimos los hogares en talleres contemporáneos con todos los miembros de la familia demostrando sus grandes destrezas, al menos como enamorados de la repostería. 

Ahora, no quiero imaginarme un nuevo rebrote del virus para el otoño venidero. España, sin estatuas fuera de sus fronteras, sin bandera, sin educación en los políticos (los asesinos de ETA son ahora presos y presas políticas…) y con una ministra de Educación que titubea a cada instante, no sería capaz de soportar otro embate. Sin embargo, lo que no me tengo que imaginar porque es real –por más que nos lo oculten– es la  pésima situación por la que estamos empezando a atravesar y lo que se nos viene  encima. El escenario político, lleno de cargos con cargas y responsabilidades, pero volcados en la confrontación diaria, utilizando a los muertos y arrojando basura del y tú más, no es el más propicio para fijar unos pactos que pongan a España en la senda de la recuperación económica. 

Necesitamos una comisión de reconstrucción que apueste por propuestas de ayuda a las pymes, por salvar las grandes empresas como Alcoa o Nissan que van a dejar a miles de parados en la calles.  Hace falta un gobierno que se refleje, al menos en estos momentos, en una jefatura de Estado sin titubeos. La renta vital mínima concede unos derechos y tapa grandes miserias, pero al mismo tiempo puede crear una burguesía que transforme el concepto del trabajo.