Tirando del refranero español, me ronda la testa “muerto el perro se acabó la rabia”. Algo así han debido de entender muchos españoles que mientras nos encontramos desescalando (el complejo de los ilustres miembros de la RAE ha hecho que aceptemos cualquier término), estemos asistiendo a escenarios de difícil entendimiento para cualquier ser humano con sentido común, un sentido perdido que debemos recuperar pero no se sabe cómo. Los casi 30.000 fallecidos, sumado a 1,2 millones de trabajadores en ERTE que según la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal acabarán en el paro y no recuperarán su empleo este año, son datos que para muchos forman parte de hemerotecas  digitales pero muy rancias. La desescalada nos está ofreciendo escenarios para todos los gustos, pero poco reconfortantes y nada entendibles para quienes han estado en primera línea de batalla y saben que el COVID-19 les va a dejar secuelas. 

Las protestas legales en las calles para echar al Gobierno, aunque lo entendamos y sean legales, no podemos compartirlas en unos momentos donde miles de ciudadanos lloran la pérdida de sus seres queridos. Por favor, piensen: más de 30.000 fallecidos merecen un respeto y un aplauso, que en estos momentos, pasa por el silencio. A Alfredo Landa se le viene atribuyendo que “entre el silencio absoluto y el ruido atronador de una trompeta debe haber un término medio: la virtud”. Pues, en mi humilde opinión, volvemos  a quedarnos huérfanos de virtud. España entera a la calle, pero cuando estemos fuera del estado de alarma. Aplaudo sobremanera el que los ayuntamientos estén cortando las calles y peatonalizando durante los fines de semana los centros históricos de muchas ciudades para así poder ampliar el número de mesas y sillas en las terrazas de bares y restaurantes. ¡Hay que volver al trabajo! Se trata no de fomentar “la paguita” para ir al bar y tomar unas copas. Más bien, todo lo contrario: que se abran los bares y los empresarios empiecen a generar riqueza creando puestos de trabajo. 

Pero, al mismo tiempo, la formación y la enseñanza  deberían haber estado a la altura,  porque mientras nos encontramos desescalando observamos, y  no se entiende para nada,  que los jóvenes se  agolpen en bares y playas esperando a tomarse unas copas mientras los campus universitarios siguen cerrados en lo presencial. Entre tanto, Marlaska, mientras está desescalando, está vapuleando a cuantos le están  molestando. ¿Nos entendemos?