No habrá ocasión en mi vida, tampoco la quiero ni está entre mis objetivos, en que pueda tener cerca a Pedro Sánchez, nuestro actual presidente del Gobierno. No me van a ofrecer esa oportunidad, ni la buscaría, pero si me obligaran, desde ya lo digo, le haría saber que no  se  asume ni se puede aceptar que nadie de su círculo más cercano le haya puesto en su sitio: la calle y echado a patadas. 

Los últimos cincuenta años, que no son pocos, permitieron salir a España de una  posición de oscurantismo que hundía sus raíces en las nefastas consecuencias de una Guerra Civil  que dejó dos  bandos enfrentados, y uno  totalmente vestido de negro. Dos bandos heredados de una España decimonónica que sirvió de escenario para promover numerosas constituciones que nunca contentaron a los bloques españoles. Nuestros mayores, los de la generación sepia, entendieron que había que acercar posturas, consensuar acuerdos y mirar hacia adelante sin olvidar lo pasado. Supieron pasar página, sin rencillas, sin odios, sin revancha para  permitir  que España fuese saliendo de la penuria y carestía que atravesaba. 

Nada que ver con nuestro presente: escenario de desacatos, provocaciones y enfrentamientos que ya no sabemos dónde nos van a llevar. La reunión de Sánchez con Torra es, no solo una muestra más,  sino la prueba  más evidente de que España puede ser vendida al diablo. Que el presidente del gobierno de España se reúna con Quim Torra,  deslegitimado para ejercer cargo público alguno, sólo habría de entenderse si ambos se hubiesen declarado católicos practicantes. Ahora bien, que un golpista y un asaltante se sienten a hablar de autodeterminación no es más que encender la mecha de lo que se nos viene encima. Pero ello forma parte de los acuerdos del gobierno de coalición.

Me estoy imaginando una Asturias que puede reclamar ser sede Real para así restaurar y reforzar la autoridad de don Pelayo, un Reino de León  –no quiero hacerme a la idea de quien podría ser el primus inter pares– enemistado con Castilla  y una Cataluña que puede ser un Estado federal y pretenda convertirse en  la nueva dueña  del mediterráneo emulando épocas doradas de la Corona de Aragón… Iván Redondo, para lo ocasión el fontanero de todas las cloacas del Estado, tiene mucho trabajo no de limpieza, sino de bajeza. De órdago como ha rendido vasallaje al gran señor Torra.  Y esto, ¡no ha hecho más que empezar!