Al ritmo y modo que vivimos, el despertar de cada mañana nos depara noticias que nos sobresaltan. La salida del rey emérito es un episodio que cimbrea la política en el puzle heterogéneo de la España actual. Cuarenta años de reinado, en un país que vivió otros tantos de dictadura, tienen en don Juan Carlos I a uno de sus grandes pilotos. Fue él uno de los grandes artífices. Con un fuerte sentido del deber, de la defensa del Estado y de la legalización de quienes no habían podido alzar su voz, Juan Carlos prestigió a España, la puso en el mapa europeo y se convirtió en el mejor embajador en un momento donde la vieja guardia franquista tuvo que tragar sapos y culebras. Juan Carlos I, Adolfo Suárez, Torcuato Fernández-Miranda… son nombres que quedan para nuestra historia. 

Sin embargo, desgraciadamente, en unos momentos donde buena parte de lo que se hace es para contarlo, la población no ha perdonado al rey emérito. Desde su abdicación y con el tabloide español fragmentado, el padre de Felipe VI  se ha visto sometido  a tales presiones que desde el mismo gobierno parecen haberle cavado su propia tumba.  El viaje de don Juan Carlos I puede estar dentro de toda la legalidad que se quiera, pero no se ajusta a la ética y a la moral que la institución debía haber mantenido. Lo realizado por el rey, al margen de lo que digan los medios, no va a generar simpatías en los jóvenes y muchos menos en aquellos que hayan estudiado la historia más reciente de España con la inquina y el odio a la que muchos se acercan. Ellos no lo van a ver; las personas miran al pasado con los ojos actuales y ello no es posible. No quieren ver que ‘el viejo borbón’ nos salvó del golpe de Estado y que Felipe VI actuó sin titubeos en el intento del separatismo catalán. Difícil papel le queda. La salida del emérito, con el previo anuncio de la carta a su hijo, es una granada a una institución que antes ya había recibido el impacto de muchas balas. Felipe VI no solo tendrá que salvaguardarla sino, en la medida de lo posible,  fortalecer, dignificar y reconocer el papel de su padre, para que su nombre siga en calles, plazas, avenidas o en la misma Universidad.  Y, lo más importante, deberá buscarse para él y para los venideros reyes/reinas un jefe de la Casa Real que ponga a cada uno en su sitio, que les recuerde que son de carne y hueso que pueden tener vida privada, pero que la institución a la que representan debe ser lo más ejemplar.