Bien es sabido, o al menos siempre nos lo dijeron, que tras la tempestad viene la calma. El mundo que nos está tocando vivir no nos permite pensar en una calma, sino en un nuevo orden: bien social, bien económico. Parte de Occidente está pasando por una de sus peores etapas. Angustiada por la pérdida del poder mundial, ve cómo el gigante asiático gana terreno, luego de habernos engañado con la globalización económica y el estado del bienestar. El capitalismo de Estado que nos está llegando como un tsunami desde Oriente está encontrando en España no pocos simpatizantes. Y España, con el peor gobierno y los peores gobernantes (algunos lo son, pero nunca se les ve y otros cuando aparecen es para dinamitar el escenario político) no nos permiten pensar en positivo. No se trata de pensar en la toxicidad que nos haya podido generar el coronavirus, pero sí de indicar que nuestros gobernantes están jugando con las cifras de los fallecidos por la pandemia y ninguneando los datos territoriales para intervenir y mostrar golpes de fuerza y despotismo, pero no de coherencia. Las desgracias nunca vienen solas y no siendo ahora el momento habrá de analizarse que el coronavirus, al menos en el caso de España, ha venido a poner la guinda a un pastel en el que los ingredientes  venían siendo la mentira como hábito oficial, la violencia callejera, la desaparición del esfuerzo en la enseñanza…

El gobierno actual está queriendo ponernos en una situación de imposición moral, y económica puramente ideológica y tóxica. Lo tiene bien fácil. La gente joven y no tan joven –inmersa en redes sociales vendiendo su cuerpo a diestro y siniestro– es la mejor carnaza para unos irresponsables políticos que creen que en España ya no quedan gentes honradas, pacientes y con respeto a superiores. La España que vivimos, plena de irresponsables políticos –los que gobiernan impresentables en su mayoría en cuanto a gestión se refieren y los que ocupan la oposición con el lastre de la corrupción y la manipulación–, no dispone de buenas cartas para jugar la difícil  partida en la que estamos inmersos. No queda otra: ¡sálvese quien pueda! Pero, una vez más, los estómagos agradecidos se verán en la obligación de seguir aplaudiendo al jefe y los ineptos e impresentables afanados en redes sociales para llegar al último escalón que les permita tomar el poder.