El invierno da sus últimos coletazos, resistiéndose a morir. La lluvia, testigo mudo de los estertores del cambio de estación, es la única que ocupa, estos días grises, del mes de marzo, los parques de Antequera. 


El viento mece con desidia unos columpios con los que ahora ya nadie juega. Las risas risueñas de nuestros niños se han ido apagando progresivamente, hasta convertirse en un silencio atronador. La alegría, de días pasados, ha desaparecido dejando paso a una pena contagiosa que recorrer las calles desiertas de una ciudad acostumbrada al bullicio. La vida, en definitiva, ha sido sustituida por la resignación y el confinamiento obligado.


Desde las ventanas de nuestros hogares escuchamos, semiocultos tras las finas cortinas, como un viento solitario y gélido mece con suavidad unos columpios sin dueño, mientras las diminutas gotas de la lluvia golpean con estupor el vacío que han dejado los más pequeños. Tic, tac. Tic, tac. El reloj sigue marcando las horas, pero ahora el tiempo parece que pasa mucho más despacio. Es una pesada losa que sentimos como, día tras día, nos va dejando sin fuerzas hasta prácticamente agotarnos. 


Vivíamos en una burbuja irreal. Frágil y etérea. Pero nuestra zona de confort ha saltado en pedazos por culpa de un virus que no podemos ver, pero que nos ha robado, de la noche a la mañana, y sin transición previa, lo más preciado que teníamos, nuestra libertad. Y es, en estos momentos de pérdida, cuando nos damos cuenta del valor que realmente tenían las cosas. Así somos… Debemos perder para aprender a valorar. 


Ahora vivimos confinados en nuestras casas, que se han convertido en cárceles amables. Nuestra mirada al exterior está cargada de miedos y temores. Abrimos las ventanas, cada tarde, para agradecer a aquellos que se juegan la vida, su entrega desinteresada. Observamos a nuestros vecinos, aplaudiendo. Intercambiamos con ellos miradas y gestos cómplices. Vecinos con los que, durante años, no hemos sido capaces ni de cambiar una sola palabra. Ni tan siquiera un ‘buenos días, ¿Cómo estás?’. 


Esto pasará. Como todo. El bullicio regresará a los parques de Antequera. Los columpios volverán a mecerse al son de las risas de nuestros niños. La normalidad se asentará en nuestras vidas, volviéndolas de nuevo anodinas… pero, nosotros no seremos los mismos. Imposible. Algo habrá cambiado dentro. Recordaremos cuando a los columpios solo los mecía el viento. Y ya no podremos olvidar lo frágiles que podemos llegar a ser.