Allá por 1997 en el mes donde el calor se confunde con la pasión y en una tierra donde el sol preña el olivo y hace oro líquido, nací. Pronto, la mar fue mi nueva casa y por azar del destino, o no, a la montaña he vuelto aunque no para vivir. 
 
Las letras siempre fueron mi pasión y aunque desde edad temprana ya escribía poemas a escondidas siempre tuve clara mi vocación: El PERIODISMO. Y sí, periodismo en mayúsculas. Ese que día a día afianza mi verdadera pasión por las letras. 
 
Para quienes hacemos periodismo y trabajamos en esto, vivimos un momento único: estamos frente a un gigantesco cambio de hábitos de consumo en el que lo que ayer dábamos por sentado hoy es una incógnita. Hace varios años era común escuchar que los aparatos electrónicos iban a reemplazar el formato papel. El fin de las librerías se asomaba y el panorama era casi apocalíptico. Finalmente, nada de eso ocurrió, y menos mal. Las ‘tablets’ ocupan su lugar y los libros, el suyo. Ahora es el turno de los medios de comunicación impresos, para quienes también se avecina un futuro incierto. Hay quienes dicen que los diarios tienen los años contados y que las revistas y periódicos vivirán solo en formato digital. No lo creo. Y tampoco lo deseo.
 
En estos tiempos vertiginosos, en los que todo sucede de manera acelerada, el papel, bien sea en forma de libro, periódico o revista, representa un refugio, un escape, la posibilidad de bajar de esa vorágine y zambullirse de manera tranquila en las páginas de papel. Entre tanto, con la lista siempre llena de pendientes, hoy, tener tiempo para estar tranquilo y disfrutar de cualquier lectura es un lujo que debemos celebrar.
 
Así, desde que estoy en Antequera y cada vez que llega un sábado solo siento que queda un remitente desconocido, unas letras y un periódico por leer.