Llevo toda la semana dándole vueltas a la muletilla que soltó repetidas veces Juan Segundo, pregonero del Carnaval. Esa hora del bocadillo que en nuestra infancia significaba recreo, que a su vez significaba seguir la conversación de clase, pero sin miedo a que te pillen. 
 
Intento imaginar cómo será este momento de recreo en el Congreso de los Diputados, ¿aprovecharán para pedir vidas en el Candy Crush sin que el Presidente les llame la atención? En su derecho están, faltaría más, todos guardamos algo de niños. 
 
Ahora la hora del bocadillo la dedico a imaginarme preguntas y a esperar la respuesta de quién la tenga, que nunca suele ser el primer cuestionado, aunque a veces, por sorpresa, las dan. 
Me sigo imaginando al pregonero subido al escenario y hablando sobre la rapidez de las obras en Antequera, que no digo yo que el cemento no tenga que secarse, pero es que comparó la obra de la calle Merecillas con la de los Dólmenes. Pues esta semana comenzaron unas obras de limpieza y desescombro, Juan. Dos semanas dicen y yo esta vez los creo, la empresa es antequerana.
 
 Trabajo en el Tholos del Romeral hay, es espectacular cómo está aquello, que por haber, había hasta un poco de césped entre tanto escombro. La culpa es de unos que dicen que la culpa es de otros y así nos va, Patrimonio Mundial por la UNESCO. Ni más, ni menos.
 
Mi primer Carnaval bien, el Teatro Torcal estaba lleno, pero cuenta la leyenda que hubo un tiempo en el que todos los antequeranos se echaban a las calles disfrazados y por toda Antequera diferentes cantaban canciones populares. Los amigos de la chiriparsa “Cambio de Tercio” y la chirigota “Aquellos duros Antiguos” pusieron toda la carne en el asador y sus voces me hicieron viajar a unos años que no viví, pero que supieron transmitirme en el escenario. Se acabó el Carnaval y sigo con mis preguntas.