Para uno, que se inscribe entre quienes no pudimos cumplir el sueño de una carrera que hubiera respaldado el nombre, sino que tuvimos que “conformarnos” con aprender de la vida, con estudiar a los maestros y tratar de imitarles; para quienes no tuvimos en la vida más padrinos que el esfuerzo y el amor por lo que hacemos, era una auténtica obsesión, conseguir una entrevista… en particular.

Las habíamos hecho a Cela, a los presidentes del Gobierno, desde Suárez; a Alfonso Guerra o Fraga, que “en directo” no son tan fieros como los pintan, a  Manolo Alcántara, María Victoria Atencia, Mary Pepa Estrada (que nos hizo prometerle no revelar nunca quién fue su primer amor, un antequerano), Toral, Amadou Mathar… pero no a quien era nuestro ídolo por muchas cosas: don José Antonio Muñoz Rojas. Tanto le insistimos, que un día nos invitó a café y a charlar un rato… ¡Se cumplió nuestro sueño!

- Pregunta: Con sus premios, distinciones ¿cómo se definiría?

- Respuesta: Mire; yo sólo soy un hombre que ha intentado escribir y ha escrito sobre lo que tenía alrededor –en muchos casos este pueblo ¿comprende usted?– y yo... de todas esas cosas que usted dice, muchas son bastante accidentales... Los premios no vienen por méritos sólo; los premios vienen muchas veces por una serie de coincidencias de amigos, de incidentes, de cosas... que no son, ciertamente, que uno tiene premios porque tienes méritos... No; a mí los premios me han venido, muchos de ellos, por accidente... De modo que, dejando aparte el mérito de lo que haya escrito, todas las circunstancias influyen... Yo he escrito un par de libros que pueden estar bien –«Las cosas del Campo», «Las musarañas»... libros de ese tipo– que como usted sabe son alrededor de este pueblo. Yo me crié en este pueblo, tuve una infancia feliz –aunque mi madre murió siendo yo muy niño y viví con mi abuela– una infancia, en aquella estupenda y desgraciadamente destruida casa... Yo he tenido una infancia feliz y esa infancia se la debo al pueblo. Por otra parte, se la debo a circunstancias... Porque yo he tenido en mi vida amigos, grandísimos amigos que me han ayudado muchísimo... Yo muchas veces me he preguntado «Y esto por qué, por qué...» Porque eran simplemente amigos. Ésa es la verdad...

 P.:Perdone: ¿le gusta el fútbol?

R.: ¿El fútbol? El fútbol me gusta verlo, porque me gusta la competencia... Pero sólo en la televisión...

 P.: ¿Sabe que al Real Madrid le dicen «galáctico»?
 P.: ¿Sí...? No lo sabía, mire usted...

- P.: Por algo será; porque gana títulos... Me refiero a que usted ha tenido muy buen «entrenador», usted habrá tenido muy buenos «compañeros de equipo», pero habrá habido una «base...» Usted habrá tenido que «marcar», si me permite la expresión, «goles» como para obtener tantos premios, por encima de los entrenadores y los compañeros...
- R.: Mire usted, yo he tenido la suerte, la inconmensurable suerte, de dar con un grupo de amigos, primero en mi carrera, en la juventud; luego, esa famosa «Generación del 27» de que tanto se habla, pues tuve la suerte de encajar con alguno de ellos, que han sido sumamente influyentes en mi vida... Dámaso Alonso, Aleixandre... Todo este tipo de gente... Pero eso no se debe a mí exactamente; se debe... digamos a mi suerte... Posteriormente he tenido la suerte de trabajar en un banco muy especial –el Banco Urquijo– y en ese Banco di con el mismo grupo de gente, en otras esferas, que fueron fundamentales en mi vida... Y eso ha sido suerte...

- P.: ¡Menudas amistades! ¿Recordamos algunas? Machado, Juan Ramón, Federico...
- R.: No, no. Yo a don Antonio no le conocí nunca, aunque pude haberlo hecho. Conocí a Manuel. A Juan Ramón Jiménez le conocí antes de la Guerra... A Lorca... Sí, sí. Lo traté más, porque nos vimos muchas veces en casa de Aleixandre, del que era muy amigo...

- P.: ¿Qué le supusieron en su obra? ¿Le marcaron en algún sentido?
- R.: No... Yo les conocía como conocía a bastante gente de mi tiempo, de mi generación, pero así una influencia... Efectivamente yo leí mucho a Federico en su primera etapa, cuando el Federico del «Romancero»...

- P.: ¿Y a Pemán?
- R.: Sí le conocí en una ocasión... Me parecía un hombre dignísimo, un articulista estupendo, como algunos articulistas de su tiempo.

- P.: ¿Gerardo Diego?
- R.: Sí; a Gerardo le traté bastante, le invité a venir a Antequera, vino... y mire, recuerde usted lo que escribió sobre ella... En fin, todos ellos tuve la suerte de tratarlos y conocerlos... Era un ambiente extraordinario y para mí una suerte conocerles...

- P.: Vale... Pero ustedes fueron varios hermanos, que la mayoría andarían por círculos parecidos y, sin embargo, al que le dio por esos temas fue a usted...
- R.: Bueno... Porque a mí me dio por la Literatura. Desde muy chico, me aficioné a ella...

- P.: Y ¿qué leía usted?
- R.: Pues en aquellos tiempos leía lo que me daba mi abuela... Leía a Espronceda, leía a Zorrilla, leía a Campoamor...

- P.: ¿Ve usted? Hoy... bueno hoy no se lee nada, pero, por ejemplo a mí en mis tiempos me daba por Julio Verne, por Salgari... Y usted, Zorrilla, Campoamor y Espronceda...
- R.: Bueno, bueno... También leía a Julio Verne y leía a Salgari, no se crea... Yo he leído de todo... A Zorrilla, me lo leía mi abuela y luego me daban ganas de leerlo a mí...

- P.: Bien; el caso es que en un momento se pone usted a crear... a hacer Poesía. ¿Un poeta es un poco Dios, que recrea las cosas como a él le gustaría que fueran y no como son...?
- R.: No; mire usted, la Poesía es un milagro, y sucede porque Dios quiere... Yo soy, como usted sabe, un poeta muy poco abundante, que no he escrito más que un par de cosas que se reduce más que al libro de Cristóbal Cuevas...

- P.: Perdone: se puede hacer poesía en prosa...
- R.: Bueno... Pero yo he sido un poeta muy circunstancial... No soy un poeta de los de «chorro», abundante... De vez en cuando se me ocurre una cosa y la meto en un libro... Pero no se crea, luego me arrepiento mucho... Como por ejemplo de mi primer libro, que salió cuando tenía veinte años... A los veinte años no se debe publicar un libro, como no se sea un poeta fuera de serie... Luego, eventualmente, y digo eventualmente subrayando la palabra, de vez en cuando, se me ha ocurrido escribir un libro como por ejemplo «Las Cosas del Campo», como por ejemplo «Los Cantos a Rosa», pero con mucho espaciamiento de tiempo, con veinte años de diferencia... De modo que yo no he sido un poeta continuo, ni, como he dicho alguna vez, yo no soy un escritor de oficio, ni mucho menos... De vez en cuando sale algo y ya está...

- P.: Pero de alguna manera tiene que sentirse... creador...

- R.: Hombre, de alguna manera me siento querido...

- P.: Pero, permítame que insista: usted coge el campo y lo transforma en algo plácido, de exquisita belleza... Y en el campo hay chicharras, culebras... Usted «recrea» el Campo idílico, bello armonioso...
- R.: Ya no hay, ya no hay, ya no hay... Mire me está usted tocando un tema que esta mañana hablaba yo con mi encargado: ya ni quedan pájaros, ni quedan bichos –yo no digo esa palabra–, ni queda nada, ni nada... Desgraciadamente, desgraciadamente...

- P.: ¿Por qué?
- R.: Dicen que por los insecticidas...

- P.: Luego nos estamos «cargando» el mundo ¿eh?
- R.: No sé... No sé...

- P.: Vive usted en el Campo... ¿Es una manera de encerrarse en usted mismo, en sus recuerdos, en esa parte de Antequera que no ha cambiado tanto...?
- R.: ¡Hombre...! «Mi Antequera» es otra, no cabe duda. Pero en el fondo... cuando yo...  Ya me cuesta más trabajo, pero antes echaba a andar por las calles de Antequera, exclusivamente por el gusto de andar por ella. Hoy ya es difícil andar por Antequera, tanto por mí como por la gente, porque ya no le dejan a usted andar por la calle... Y en el Campo, sí que puedo... Pero yo sigo teniendo mi casa en Antequera, aquí donde estamos...

- P.: Si el Infante Don Fernando «El de Antequera» levantara la cabeza y viera lo que hay ¿pensaría que valió la pena aquella decisión de elegir ver salir el sol por Antequera..?
- R.: ¡Hombre, yo creo que sí! Y no sólo conquistarla, sino conquistarla para Castilla, y tener la suerte de que fuera precisamente en Antequera donde empieza la unidad de España... Y creo justísimo que se le haya rendido homenaje con esa hermosa plaza que le han dedicado, presidida por su efigie al pie del Castillo...

- P.: En esa Antequera nacieron, crecieron los poetas antequeranos del Siglo de Oro... a los que se les está dando, al fin, la importancia que tienen...
- R.: Yo creo que valor lo han tenido siempre, porque están en el arranque de la Literatura Española y además son extraordinarios... Cada día los leo más y con más gusto. Pero eso no quiere decir que no hayamos tenido poetas de relieve en todos los tiempos. El Siglo XVIII es un siglo más apagado; el XVII fue más brillante en otras esferas...

- P.: Le he escuchado decir que tenemos todos una deuda pendiente con Don Trinidad de Rojas...
- R.: ¡Ay... sí, la hay, y mía! Ésa la asumo yo... porque mi tío fue un hombre... no es que fuera un grandísimo poeta, fue un estimable poeta romántico, que tiene una virtud: primero que las cosas antequeranas le importaban más que nada en el mundo. Era un hombre muy curioso... He recorrido bastantes papeles suyos, y le tengo mucho respeto, casi devoción. Y digo que mi deuda con él es que tengo que hacer algo...

- P.: Nos lo tiene usted prometido...
- R.: ¡Sí, sí, lo recuerdo! Y lo haré.

 P.: Dejemos el pasado: ¿cómo ve usted el futuro?
 R.: ¡No me pregunte usted eso...! (dice con voz... casi suplicante, que se nos antoja, de por sí, una respuesta)... Porque no le sabría decir...

 P.: Por ejemplo: ¿se educa hoy como se debería educar a nuestros niños y jóvenes?

- R.: De acuerdo con los principios en que yo me eduqué y en los que yo he procurado vivir más o menos adecuadamente, creo que no, creo que no... Se está echando por la borda muchas cosas... innecesariamente...

- P.: Dígale algo a Antequera para irnos...
- R.: Pues, desgraciadamente, lo único que me queda en Antequera es esta casa, que era de mi madre... De manera que la conservo con enorme cariño y... cada vez que hay algo bueno en Antequera, pues me alegro mucho…

- P.: Pero en plenas facultades...
- R.: ¡Qué va, qué va!

- P.:Usted no ha leído su último libro...
- R.: ¿Qué libro?

- P.: El de las «gafas», don José Antonio...
- R.: (Y vuelve a reír) ¡No diga usted eso hombre!

Esta entrevista que se publicó en nuestro periódico en 2004, apareció en nuestro ordenador… con cosas de don José Antonio y con ella queremos resaltar su amor por Antequera, su sencillez: “‘Objetos perdidos’ es el divertimento poético de un viejo al que se le olvida todo. En él trato de un tema que cuando uno tiene esta edad y ha vivido lo que ha vivido es el que más le interesa: el tiempo y su efecto sobre las personas. Una aproximación serena que toma las cosas como son. Cada edad tiene lo suyo y a la vejez le queda la evocación y la vuelta al pasado”; nos dijo ¿Es que la vejez no tiene futuro?, le preguntamos: “No, ninguno. Sólo cabe aceptarla…”. Y nos dio la mano…