Ya
tenía yo ganas de estar en Antequera el tiempo suficiente para
verla sin prisas. Me entusiasman estas ciudades andaluzas —yo
prefiero llamarlas «pueblos»— donde el progreso, el
desarrollo y todas sus inevitables consecuencias no han podido borrar
la hermosa y vieja estampa. Iglesias, palacios y conventos componen
la sólida armazón —«la infraestructura»—
en que Antequera apoya una belleza que los años no cambian.
Esta vez he visitado los monumentos. San Sebastián, con su fachada
renacentista coronada por el gran escudo de piedra bajo el que el Santo
ofrece a los flecheros un cuerpo desnudo que los siglos han erosionado.
El Carmen, con sus retablos barrocos y su artesonado mudéjar;
el Museo Municipal del Palacio de Nájera, con el prodigioso San
Francisco, de Pedro de Mena, y el Efebo romano de bronce. Son dos piezas
impresionantes. La primera, por su palpitante realismo, por su casi
increíble perfección formal. La madera es cono arcilla
bajo las manos del escultor. El rostro ascético de la imagen,
rostro de un disciplinado penitente, parece encendido en un fervor sobrenatural.
Y esos ojos de vidrio, húmedos, febriles, ¿son verdaderos
de la imagen o se le han añadido posteriormente? En cualquier
caso, impregnan la escultura de emoción humana, le añaden
un patetismo estremecedor.
El Efebo es todo lo contrario: línea escueta, depurada y fría.
Equilibrado volumen, artificial actitud que no traduce ni la más
mínima palpitación. Es un modo sereno de entender la belleza,
bien distinto de la apasionada fórmula con que ha sido labrado
el Santo de Asís. La imagen de éste es como una oración.
La del Efebo, como un silogismo. En las galerías del palacio
hay grandes cuadros de un pintor mexicano, Correa, que cuentan la historia
de la Virgen y un verdadero tesoro en cálices y custodias, en
dalmáticas y casullas, en mantos bordados para la madre, a juego
con los primorosos y conmovedores vestiditos del Niño.
He paseado largamente por las calles de Antequera. Por las principales,
llenas de Bancos y comercios, y por aquellas otras, estrechas y a veces
empinadas, de los barrios extremos. Una cosa llama la atención:
el buen nivel general de las viviendas, la abrumadora cantidad de espléndidos
caserones a los que sólo les falta ambición o les sobra
sencillez para poder llamarse palacios. En la periferia, casi toda la
moderna edificación demuestra un saludable empeño en mantener
las constantes propias de Andalucía. Hay barriadas enteras resueltas
con graciosa sobriedad de líneas.
Callejeando, haciendo las inevitables compradas
de todo viajero, he comprobado esa costumbre tan propia del Sur que
es la de convertir cualquier intercambio comercial no en un acto mecánico
de rápida tramitación, sino en un jugoso diálogo
cuyo final no puede adivinarse. Todo —la compra del periódico,
la normal operación bancaria, la elección de un dulce
en la pastelería— da motivo para una charla sin prisa,
salpicada de comentarios y hasta de confidencias. En el fondo, esto
es lo que se llama por aquí «el trato», aunque ya
no exista el regateo. La gente no va sólo a ingresas unas pesetas
o comprarse unas pastillas de jabón, sino a consumir la mañana
en amable conversación con el vecino. El inconveniente de esta
costumbre lo sufre el que espera, pacientemente, que le llegue el turno.
Esta vez he subido —por fin— las empinadas cuestas de El
Torcal de Antequera. Muchísimos de ustedes saben que se trata
de una formación pétrea, próxima a Antequera, una
especie de fantástica ciudad de piedra gris labrada por el tiempo
en caprichosas formas que pueden recordar palacios, murallas, castillos,
figuras de animales... La extensión es enorme. Y todas las piedras
acusan surcos horizontales tan acusados que hay algunas que parecer
—perdón por la vulgaridad del símil— docenas
de inmensas tortas de piedra amontonadas. ¿Son estos surcos indicio
de una antigua situación submarina? Leí una vez que Montserrat
estuvo sumergido en lejanas épocas. ¿Es el agua también
la que ha ido modelando en lentísima erosión de siglos
las piedra de El Torcal?
Subo luego a Santa María la Mayor, de impresionante solemnidad
renacentista. ¡Qué templos alzaban nuestros antepasados!
Trato después de contar, desde la muralla del castillo, torres
y espadañas de iglesias y conventos. No llego más que
a quince. Me quedo cortísimo, porque me dicen que hay treinta
y ocho. La visión de Antequera desde allá arriba es inolvidable.
¡Qué ciudad tan noble, tan rica de atractivos, tan cargada
de historia! ¿Saben los turistas que pasan en enjambres hacia
la costa los tesoros que dejan atrás? ¿Por qué
no se detienen unas horas o unos días?
El parador los recibe, cuando lo hacen, con una generosa hospitalidad,
con un breve jardín donde florecen las adelfas rosadas junto
al impecable azul de la piscina. Escondido tras los altos cipreses del
antiguo albergue, está cerca de todo, pero es una maravillosa
isla de solemnidad y de silencio. Se arranca uno de aquí con
trabajo. Y con dolor se arranca uno de Antequera, de la noble y hermosa
Antequera.