Los
"años del hambre" dejaron paso a unos años, finales de los 40, principio
de los 50, en los que comenzó a recuperarse la normalidad de nuestras
tahonas y, con ella, una pieza, una modalidad de pan, que era realmente
distinta: ni era el «chusco», ni eran el «pan» o el medio pan» habituales:
se trataba del «mollete», autóctono de nuestra tierra desde siglo pasados,
con raíces árabes.
Al
ladito mismo del río Juan Paradas y Rosario Torres, dedicaron parte
de su actividad a fabricar «molletes», nombre que vaya
usted a saber si es una degeneración del «bollete». El
caso es que esos molletes de Paradas empezaron a ganarse merecida fama,
siendo muy solicitados. La razón de su éxito no podía ser más sencilla:
la calidad de los materiales --buena harina, buen agua--, el cuidado
exquisito en la mezcla de la materia prima y dedicarle todo el tiempo
que hiciera falta para hacer las cosas bien hechas. Mezclados los ingredientes,
hechos artesanalmente los molletes, llegaba el punto clave. Su cocción
--«cochura» se decía por entonces-- en un «horno moruno»,
es decir en un horno en forma de media esfera, con suelo de ladrillo
y, como elemento combustible, la leña, esa leña de olivo, de encina,
que da un calor especial y adecuado, y un aroma único.
Han
pasado 50 años, entramos en el siglo XXI, y hoy Juan Paradas y Ana Paradas,
son ya la tercera generación de Paradas dedicada a hacer los genuinos
«molletes», una clase de pan que es imitada y que, por eso precisamente
lleva un apellido de garantía: «de Antequera». Pues a
los «molletes de Antequera» se dedica esta generación,
que se une a la primera a través de Antonio Paradas Torres,
continuador de la dinastía, celoso guardador de las «recetas»
que, hoy, cuando tantas cosas cambian, siguen siendo las mismas: buena
harina, buen agua, paciencia de artesanos... y HORNO DE LEÑA.
Porque hay otros sistemas, pero los genuinos molletes agradecen ese
calor especial de la leña aromática. Lo agradece el sabor y hasta la
vista, porque no hay dos molletes iguales del «Horno de San Roque»,
que así se sigue llamando la «fábrica», por la sencilla razón de que
se hacen uno a uno, y no en serie, y se cuecen unos más minutos, otros
menos, según la fuerza de la enorme candela que arde sin cesar en el
horno moruno. En estas noches, a partir de las 10, a la entrada del
«Cerro de San Cristóbal», se empieza a oír una música
estridente, heredera de la romántica de «aquellos tiempos». Es de lo
poco que ha cambiado: música alegre que anime las noches de faena, hasta
que a partir de las siete de la mañana, salgan para las mejores mesas
de Antequera y de muchos puntos de fuera de ella, los genuinos «Molletes
de Antequera del Horno de San Roque».
Ana
y Juan, dos jóvenes de nuestro tiempo, estudiantes aventajados, supieron
decidir a la hora de buscar el porvenir y lo encontraron en lo que recibieron
de su padre y éste de sus abuelos. Las recetas, el amor por lo bien
hecho, el empeñarse en agradecer al público el privilegio de escoger
sus productos... y el saberse continuadores de una tradición gastronómica
que es embajador de Antequera a muchas mesas de España:
el Mollete de Antequera. Con buena harina, con buen agua, sin prisas,
artesanalmente... y con el calor único del «horno de leña». Estos días,
en FITUR, son una muestra más del buen hacer de los artesanos de Antequera.
Por eso su fama.