Vivimos
unos tiempos en los que parece avergonzarnos el pasado. El pasado, no
debe avergonzar a nadie, entre otras cosas, porque casi nadie de los
que lo rememoramos tomamos parte en él. Lo recordamos, como páginas
vividas de la historia de nuestra ciudad, historia que tiene sus cosas
buenas y sus cosas menos buenas, y no será la primera vez en
que un cambio por cualquier motivo nos presente las cosas... al revés.
Los antequeranos debemos presumir de nuestro
pasado, tomando nota de lo positivo y de lo negativo, para ahondar en
lo primero y evitar lo segundo. Pero ahí están esos cinco
mil años de historia que, con lo bueno y con lo menos bueno,
nos han ido conformando hasta lo que somos. De sabios es rectificar,
dice el viejo refrán. Practiquémoslo.
Entre esas páginas de la historia antequerana,
hay algunas que nos llenan de orgullo, que demuestran una Antequera
adelantada en muchas cosas. Antequera tuvo uno de los primeros asentamientos
humanos materializados en inmortales obras, fue la primera ciudad castellana
y cristiana de la provincia en 1410; Antequera tuvo la segunda imprenta
de Andalucía; Antequera fue conocida como la «Atenas
andaluza»... Y muchas otras cosas en este sentido.
Bien; pues, por las fechas en que estamos, recordemos
que Antequera fue avanzada también en el mundo de las Ferias,
como hoy se conocen, anticipándose, ni más ni menos que
a la mismísima de Sevilla. Como suena. Datos fidedignos hablan.
Así, en 1748, Fernando VI, a instancias del Ayuntamiento de Antequera
«y de los fabricantes de bayetas,
principalmente para remediar la decadencia de aquella industria»,
solicitaban a la Corona licencia para celebrar una Feria, que fue otorgada
en ese año mismo de 1748, acompañada de «licencia
de los derechos reales», que era algo que también
se perseguía, como factor para promover un incremento de ventas,
pues a la Feria se desplazaban muchos comarcanos, que encontraban una
especie de «rebajas»
-nada hay nuevo bajo el sol- en esos descuentos por los impuestos reales
que gravaban las producciones.
La Feria se concedió por un plazo de diez
años, y en 1760, el regidor don Juan Tomás de Santisteban,
se volvía a dirigir al Rey, para pedirle que suspendiera la licencia.
Las crónicas de la época tachaban al señor de Santisteban
«de caduco, roñoso y poco
hábil», al achacar a la feria otros problemas de
la ciudad... pero quien manda, manda, y se nombró una comisión
integrada por el citado regidor y por don José Zarco -que tal
le andaba-, para pedir al Rey que «se
dignase mandar que cesara la feria y la franquicia concedida a la ciudad
en 1748». Expusieron éstos, que «los
más de los gremios y muchos particulares, vecinos, eclesiásticos
regulares y seculares, le habían solicitado para que propusiese
los graves inconvenientes que se experimentaban en la feria»,
añadiendo que «sin beneficiar
nada, por el contrario producía mucho dispendio»,
así como «molestias por
parte de la forastería». El Rey, claro, actuó
de acuerdo con lo que pedían sus súbditos antequeranos,
y anuló la licencia, pero pronto se comprobó que la Feria
era provechosa, y entonces resultaron ser menos los que pedían
se anulara.
Cuando se echaban de menos las tantas visitas
de los feriantes, el movimiento de ventas y los beneficios que, dijeran
lo que dijeran, producían a la ciudad, de nuevo el Cabildo Pleno
del Ayuntamiento celebrado el 28 de mayo de 1768, por «mayoría
de votos y previo un larguísimo debate e informes de sus capitulares»,
acordaba suplicar a S.M. El Rey entonces reinante, Carlos III, «se
dignase continuar el previlegio de la feria y su franquicia, remitiéndose
el informe al intendente por mano del procurador general».
Costó trabajo convencer a las autoridades,
tanto que tuvieron que pasar veinticinco años para que S.M. El
Rey Carlos IV, mediante Real Cédula expedida el 2 de agosto de
1793, reinstaurase la Feria, restituyéndole su carácter
de Real, y fijándola, PRECISAMENTE, en los días 20, 21
y 22 de agosto, fechas que hemos defendido desde estas páginas
a ultranza, a veces a costa de incomprensiones absurdas.
No se exagera por tanto, cuando se califique
a nuestra Feria de Agosto de Real Feria, de
dos veces «Real». ¿Tiene esto alguna importancia?
¡Claro! El reconocimiento a lo que la ciudad suponía en
toda la comarca, la «importancia» de quienes elevaban estas
peticiones al Rey hasta lograr que las aprobara. ¿Sirve para
algo? ¡Claro! Para que intentemos quererla más, reconocerle
su importancia en el pasado y luchar porque lo mantenga en el futuro...
por ÁNGEL
GUERRERO FERNÁNDEZ