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 Los fuegos artificiales, luces que muestran los sueños e ilusiones de cada feria


 

Uno de los momentos más esperados de cada feria, es su postre, su último aperitivo. No me refiero a comidas típicas, sino a la última parte de cada fiesta: sus fuegos artificiales.

Por muy cansados que estemos de la feria, nuestro cuerpo aguanta hasta que los contemplemos. Por mucho colegio que haya al día siguiente, los niños aguardan como si de un 5 de enero se tratase, ese brillo especial de cada domingo último de feria. Por mucho trabajo que haya que realizar al día siguiente, los padres aguardan. Por mucha fiesta que el cuerpo aún pida, los jóvenes abren un paréntesis, al son del destello de esas mágicas luces.

¿Y qué son esas maravillas? ¿Artimañas de la pirotecnia que agradan nuestra vista? ¿Juegos de luces que festejan el fin de unas fiestas? Yo iría mucho más allá, en aquel horizonte que nuestros sueños buscan ser realidad en el día a día de nuestras vidas.

El «peque» se asusta del estruendoso ruido, sobre todo de la traca final y del broche de oro de cada tanda. Pero el colorido difuso marca su vista, sus recuerdos de infancia. El niño, atesora uno de los momentos más dulces y significativos de su corta vida, donde lo bonito predomina sobre lo sorprendente.

El adolescente, recobra su niñez, sopesando el cambio en el que está inmerso. Ya no es el pequeño que aburre a sus padres para subirse en los «cacharritos». Ya es el muchacho que quiere comportarse como hombre, ante sus amigas, compañeros, en esta nueva vertiente de la juventud feriante, a base de «glorieta» y «caseta joven».

La pareja de novios se funde en abrazos, como si de una sola persona se tratase. Mientras uno sucumbe ante la lluvia de luces, el otro se recrea embobado ante el espejo de su mirada.

Los padres cuidan los críos que callan por unos instantes, mientras todos alzan sus cuellos para no perder detalle. Los abuelos añoran sus años de fiesta, donde otras diversiones había, pero no tan brillantes como la magia del último día de fiesta.

Y todos, olvidan edad, condición, posición. La exclamación del «¡Ooooooh!» se convierte en la única expresión de esos minutos finales. Y los sordidos «troníos» se acallan con los fuertes aplausos que despiden la feria. Y se vuelven a escuchar los comentarios de años atrás. Los «¡Qué bonitos han estado!». «Sin duda, mejor que el año pasado». «Pues habrá sido flojita la feria, pero se han lucido con los fuegos!»

Por unos instantes, el odio, el recelo, los miedos, las peleas, las rencillas, se olvidan por unos instantes. El fuego, el color, el ruido, el calor de los minutos de los juegos de artificio, nos lanzan a ser parte importante de este momento.

Y yo me pregunto, ¿a dónde irán los cohetes cada vez que estallan? ¿Y sus luces adolescentes? ¿Y su rápida carrera, qué meta buscará? Tal vez la respuesta la encuentre cada uno en la magia que nos envuelve por estas fechas, cada vez que la traca anuncia el final de nuestra feria. Y es cuando nos sumimos en la magia cautivadora de nuestra feria y de nuestra compañía.

por ANTONIO JOSÉ GUERRERO CLAVIJO

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