Cuando se habla del
Toro y su mundo, se suele pensar, casi sin querer en don
José María Cossío,
el más grande tratadista... al menos de los tiempos modernos
del toreo. Pero hay más, muchos más que dejaron su huella
analizando y tratando de explicarnos los misterios y el encanto del
Toreo. Allá por 1960, o quizá un poco antes, tuvimos oportunidad
de asistir a una charla de don
Gregorio Corrochano, un toledano de
Talavera de la Reina, nacido en abril de 1882 y fallecido en octubre
de 1961, muy poco después de tener el placer de oírle.
Dejó escritos una barbaridad de artículos
y muchos libros, algunos de los cuales se siguen reeditando. En aquella
ocasión, se refería a los personajes del Toreo y daba
sucintas explicaciones de sus lances.
Y no se refirió sólo a los grandes
protagonistas, sino que tuvo palabras para figuras que parecen ignoradas,
pero que tienen su papel.
Así, definía al «alguacilillo»,
diciendo que «Hace el despejo (sic)
a caballo. Pide la llave del toril. Cuida de que no haya toreros a la
derecha del picador y otras normas reglamentarias descuidadas. Antes
daba los avisos y el matador no quería ni verle; hoy da las orejas
y el matador le abraza». Como puede comprobarse la definición
no puede ser más exacta, con su gotita de reproche hacia quienes
cambiaron de opinión según sus intereses.
Del «monosabio»,
decía que «es el auxiliar
del picador. No debe intervenir en la lidia. Actitud expectante. No
debe coger las riendas del caballo. Llevar al picador por la bridas
del caballo es como si el mozo de estoques llevara al matador al toro
por un brazo». Genial, ¿no?
Vayamos ahora a referirnos al toro y a su salida
a la Plaza que nos avisará de muchas cosas: «El
toro sale del toril rápido o lento. Mira a la plaza deslumbrado
por el sol, extrañado del griterío, como si quisiera saber
adónde va, porque desde el encerradero va de sorpresa en sorpresa.
No anticipéis juicios sobre su bravura atendiendo a la salida;
podríais equivocaros. Con la salida del toro empieza el interés
de lo desconocido. Porque cada toro será distinto al anterior.
A pesar de ese ímpetu feroz, buscará una salida. No la
encuentra. Se para dispuesto a embestir: salió la bravura al
ruedo».
Se suele recibir al toro con «largas
afaroladas de rodillas», que «son
una derivación del cambio de rodillas que prodigó Fernando
El Gallo. Cogía el capote con las dos manos, citaba por el terreno
de dentro y cambiaba por el de fuera. Llamada *suerte del perdón*
por hacerse de rodillas, si venía precedida de una mala faena».
Y, enseguida, la «verónica»:
«Es el lance más serio y fundamental que se hace con el
capote. Los demás son derivados hacia el adorno. Con Belmonte
adquirió la verónica calidades insospechadas de temple
y emoción. Aquellas *cinco verónicas sin enmendarse* no
las borraron ni los escombros de la plaza derribada». Los
lances «a la verónica»
suelen concluir con una «media»:
«remate emocional de las verónicas. Punto y aparte del
toreo de capa. Debe procurarse dejar al toro en suerte del picador,
para evitar más capotazos. Rematar en los medios
y dejar el toro a los peones es rematar mal, aunque se remate bien».
Y luego la suerte de varas. «El
picador ha de ser joven, alto, fuerte; buen jinete; conocer el toro
y el toreo; saber lidiar a caballo como un torero de a pie; saber conjugar
la garrocha y la mano de las riendas. Y saber cómo necesita el
toro su matador. La suerte de varas es importantísima. Tiene
una gran influencia en los demás tercios. Los puyazos bien dados,
castigan sin malherir, ahorman los toros y facilitan la labor del espada.
Los puyazos malos resabian, deslucen y aumentan el peligro. Sin buenos
picadores no hay corrida buena. No me gusta cuando citan pegados a las
tablas y levantando mucho la puya. Así no se debe citar. No está
colocado el picador. Sepárese usted de las tablas, enderece el
caballo, salga por derecho; ahora cite abriendo un poco el brazo de
la garrocha. Así se va al toro. Como estaba usted citando, cita
el miedo. No sea tumbón».
Y los quites. Con petos es raro que se produzcan
caídas al descubierto. El picador cae descubierto del lado del
toro. El matador entra valerosamente al quite y sale hacia atrás
embrocado con el toro. El matador peligra, pero el picador se ha salvado.
Ésta es la grandeza del quite, que suele concluir con «chicuelinas,
la suerte a la navarra, modernizada por Chicuelo, que le imprimió
personalidad. Desde entonces se llama *chicuelina*. Es una suerte de
adorno que hacen todos, con más o menos gracia, con más
o menos oportunidad y con más o menos abuso».
Y las Banderillas: «es
una suerte airosa, ágil, plena de gracia y destreza, como hecha
a cuerpo limpio. Banderillear pronto, en todos los terrenos sin salidas
en falso, es condición principal de buen banderillero. ¡Atención!
En este tercio se resabian y cambian fácilmente los toros. En
el *quiebro* el banderillero espera a pie firme la embestida recta del
toro. Cuando llega, saca un pie, carga la suerte y quiebra la recta
embestida, evitando el embroque. Al *cuarteo* es la manera más
frecuente de banderillear. Se sale al toro con un ligero cuarteo, para
que el toro no corte el terreno y tape la salida, con lo que se evitan
las salidas en falso. Por esto conviene salir sobre corto, si es posible.
Depende del toro».
Y llega el último tercio. Suele ir precedido
del «brindis», que
debe tener sus condiciones: «Obligación
cortés hacia la presidencia. Brindando al presidente queda brindado
el público. Si se quiere subrayar el brindis al público
desde el centro del ruedo, ha de hacerse con un buen toro y una faena
excepcional. No debe brindársele toro y faena vulgares».
Y vienen los distintos pases... El «pase
por bajo es muy necesario en algunos toros; antes se daba con las dos
manos. Es eficaz si se da quieto hasta rematar, para que el toro se
rompa con la muleta, como se rompe el mar en el rompeolas, cuando al
toro y al mar se les gana terreno».
«Pase de rodillas»: «Cuando
Machaquito, cargado de laureles, salió de rodillas a un toro
peligroso, la plaza de Madrid se asustó. Cuando Joselito salió
de rodillas a un toro bravísimo de Saltillo, que se revolvía
y no le dejaba levantarse, la plaza se asustó.
A mí me emociona más de pie».
El «natural»
es «el pase clásico por
excelencia. Para que sea natural puro, debe darse totalmente aislado
del estoque, que sostendrá el matador a la altura de la cadera
derecha. Apoyar el estoque, es convertir el natural en ayudado, recuerdo
que puede admitirse en día de viento».
El «pase
de pecho» es «el complemento
del pase natural. Si es obligado por el toro, pone a prueba el temple
y la serenidad del espada. Así como suelto, preparado y porfiado
es un pase cualquiera, sin valor de técnica y sin eficacia; ligado
con el natural es grandioso».
«El *ayudado por alto*, lo inventó
Cúchares. Es un pase espectacular, sin importancia. Se le llamaba
desdeñosamente *del celeste imperio*, porque está al margen
de la faena. La faena empieza luego. Hoy se dan muchos pases del *celeste
imperio* y se los llama *de la muerte*. ¡Qué miedo!».
El «afarolado»,
«es un pase de adorno pasándose la muleta sobre la cabeza,
girando para salirse de la muerte. Es un pase sin quietud, movido, y,
por lo tanto, de poca calidad. Tiene un inconveniente técnico:
acostumbra a los toros a desarmar».
El «pase
natural con la derecha». «Conviene usar la derecha para
equilibrar la faena y dominar. Con ambas manos se pueden hacer las mismas
cosas. Pero en la derecha la *naturalidad* se transforma en ayudado
por el estoque. Aunque se admita por claridad, no me suena bien eso
de *natural con la derecha*».
El «pase
de pecho con la derecha»... «Así como en el verdadero
pase de pecho (el de la izquierda) pasa el toro por el pecho del torero
(de ahí su nombre), en el pase con la derecha rara vez cruza
el pecho. Mejor definido está llamándole *de costado*.
Cuando todo finaliza, vienen lo adornos: «Coger
un pitón a un toro es un adorno de más importancia de
lo que parece. Es demostrar que el toro está dominado. Porque
a un toro sin dominar no hay quien le toque un pitón impunemente.
Si el toro era difícil, aplaudid este adorno».
A la «estocada»
se la denomina «suerte suprema,
porque fue suprema. Hoy la supremacía la tiene la muleta; pocas
veces la estocada. Se le mata al toro como se puede, no como se debe.
Los toros mueren porque las puñaladas matan».
Y tras la estocada... «El
Triunfo. El toro rueda de la estocada. El matador levanta el brazo de
la muerte como si quisiera parar el sol. En los tendidos, los espectadores
hacen de los pañuelos palomas que revolotean. El usía
saca también su paloma. La oreja esta concedida. Triunfo».
Se cumplen los sueños del torero y el deseo del público.
Mucho de lo recogido del insigne Corrochano es
más que sabido por muchos. Lo malo es que, muchas veces, también
olvidado. Por eso quizás convenga un poquito de ilustración.
Es lo que hemos pretendido junto a tratar de rescatar ese nombre ilustre
de la Literatura del Toreo.
por ÁNGEL
GUERRERO FERNÁNDEZ