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La noción de que el público es soberano, pieza capital de cualquier espectáculo, está, lamentablemente, en crisis. Desde el futbolista al cantante, pasando por el torero, todos se sienten legitimados para exigir apoyo, respeto y, casi, veneración.

De acuerdo en lo del respeto, siempre, eso sí, que el artista comience por respetarse a sí mismo y al público pagano. El apoyo y la veneración son prerrogativas de cada espectador que las dispensará como lo estime oportuno. Pero los artistas no están solos a la hora de dictar normas, sino que cuentan con un coro de predicadores mediáticos que arbitran reglas y comportamientos, sin privarse de regañar al público si no se ajusta a lo dispuesto.

Si el público protesta, no tiene razón pero, si aplaude, debe ser con medida o, mejor, a medida de sus gustos, tal vez de sus intereses. No, no es eso. El nombre de «respetable», referido al público, no es casual y, en la fiesta de toros, debe ser sagrado. Siempre que no interfiera en la lidia, el público puede producirse como le plazca, aplaudir o censurar lo que crea oportuno, pedir cuantos trofeos estime o propinar la bronca más sonora. Y no hay más, o no debe.

Viene esto a cuento de los muchos educadores que surgen para redimir a los públicos: ¿de qué?, ¿de dejarse los dineros en taquilla quizás? A partir de ese momento, la norma es impuesta por la concurrencia.

Esta temporada la Plaza de Las Ventas, en feria, ha concedido orejas que en otro momento se habrían ido puestas al desolladero. Pamplona ha abierto la tómbola y premiado bajonazos y faenas ramplonas como si hubiesen sido firmadas por el mejor estoqueador. ¿Y me va usted a venir con cuentos? Prodúzcase cada plaza como tenga a bien, siempre para mayor disfrute de los que pueblan los tendidos. Eso no quita que sea conveniente mantener un determinado nivel de exigencia, empezando por el ganado, piedra angular de la fiesta, y haciendo ver al espada de turno que no todo el monte es orégano, pero allá cada cual con su metro, que a la hora de pagar nadie ha pedido explicaciones.

Nadie tiene por qué juzgar a otro, aunque sí es legítimo mantener criterio distinto, lo que ha sido siempre la sal de la fiesta. Mucho menos, decidir en nombre del público. Puede que éste sea más o menos entendido, o que se halle presente un número cualquiera de aficionados y que sean de una u otra tendencia. Mejor. A nadie se obliga a ir a la plaza y es preferible que cada una manifieste su personalidad, no sea que cualquier uniforme se emplee para acallar posturas legítimas. Tampoco es legítimo despreciar al público, so pretexto de su indulgencia; téngase el reglamento a mano, que debe ser garantía para el que paga, por lo que no conviene vulnerarlo. Menos aún, escatime en el ganado, que en plazas de tercera se cobran precios de primera y no parece caballeroso venir a esquilmar al que da lo que puede y un poco más. Una empresa tiene un fin natural de lucro, pero el contrato que se firma con el espectador ha de ser equilibrado y es rechazable el abuso. No puede ser que el espectador acabe subvencionando mercancía descompuesta, toros afeitados que se caen, ni la desgana de los espadas. Cuando ésta se manifiesta, obtienen su sanción, pero ¿quién se hace cargo de los toros que ruedan por el suelo? Un presidente sabe que la labor más dura es a las 12, cuando se compone la corrida. Ahí es donde se valora la autoridad y no en oreja de más o de menos. Ése es el momento de defender los intereses del público de los que es custodio. Como se ve, en una corrida, no es el espectador el único responsable: hay otros que tienen que responder ante ese mismo público, cuya sola obligación, que requiere gran esfuerzo, es pasar por taquilla. Todo lo demás sobra. Esté cada uno en su sitio, cumpla cada uno con su cometido, que, quién está sentado en el tendido, ya ha pasado el fielato y va a divertirse. ¿Se ha dispuesto todo para que así sea? A partir de ahí, cada uno decidirá el color de su plaza. Está en su derecho.

JUAN ORTEGA

Para «El Sol de Antequera» es un privilegio poder incluir en este número especial un artículo de JUAN ORTEGA, un crítico taurino excepcional, que dejó muestras de su buen hacer en la «Cadena SER», como ahora lo hace nada menos que en «El País». Juan Ortega es catedrático en nuestra Universidad y «doctor» honoris causa en el Toreo y en la hombría de bien, que le lleva, ahora, a atender nuestra llamada y hacer magisterio en torno a nuestras plazas, a nuestro público, a nuestra Fiesta. Con nuestro agradecimiento, vaya para él nuestro homenaje y para nuestro lectores este logro.

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