Ocurrió también en enero o quizá fuese febrero, –que más da–, corría el año 1992 cuando don Antonio Manuel Garrido Moraga, mi buen amigo, mi querido amigo, Antonio Garrido, volvía a Antequera. 

Con 36 años regresaba a aquella Antequera en la que años antes vendría, cada fin de semana, a recoger a su entonces novia, una jovencísima profesora del Instituto Pedro Espinosa.
Venía a descubrir nuevamente lo que ya conocía, a conocer lo que ya sabía, a deleitarse con aquellos primeros recuerdos, aquellas bellezas que tenía de aquella Antequera de los años sesenta en los que cuando era solo un niño, don Antonio Garrido Pedroza, su padre, le enseñaría. 
 
Volvió a recrearse con esa maravillosa esencia de una ciudad hasta aquel entonces desconocida, con el sentir estético de una tradición insospechada y con el amor por lo auténtico cuando cada año recibía “un aval de amor que su familia había tenido siempre como timbre de orgullo. Su padre, aquel hombre que no podía vivir sin el aroma salino de su Málaga, sentía cada año la llamada de estas tierras del misterio y de la belleza y volvía en una cita impostergable para ser hermanaco del Santísimo Cristo de la Salud y de las Aguas”.
 
Así volvió Antonio a Antequera y a partir de aquel día, de aquel Pregón de los Estudiantes del año 1992, convirtió a esta ciudad junto a su Málaga natal, en musa de su discurso, de su retórica, en un auténtico referente de su amor por la estética. 
 
Después vinieron más encuentros, muchas ocasiones en las que poder disfrutar de él, de sus cosas, de lo que nos uniría ya para siempre. Y vino la Presentación del número extraordinario de la Revista Vía Crucis “Vera Cruz de Antequera, Arte y Ciencia”, con motivo de la Exposición Universal de Sevilla de 1992 en la Basílica del Gran Poder de Sevilla y también vino su Pregón de la Semana Santa de Antequera en el año 1999 y su Presentación del Cartel de la Real Feria de Agosto de 2011 y la Presentación del Cartel del Señor de la Salud y de las Aguas en 2012. 
  
Y todo ello salpicado de artículos, de entrevistas, de programas de televisión y de radio, de ensayos, conferencias, libros, revistas… en las que siempre tenía un momento, un hueco, una referencia, siempre erudita, para referirse a Antequera, a su historia, a su arte, a su patrimonio, a su estética urbana y cofrade, –nobiliaria, religiosa, escultórica y arquitectónica–, a su heráldica, a su tradiciones todas. 
 
Porque Antonio fue el baluarte de ese círculo de catedráticos y doctores de la Universidad de Málaga que “renombraron”, que hicieron volver a descubrir Antequera en Málaga, el que llevó por bandera y defendió siempre y sin complejos las inmensas posibilidades de Antequera como ejemplo de tradición, de conservación y preservación de los más auténticos valores culturales de una ciudad, de una ciudad eterna como es Antequera, “la Roma andaluza” le gustaba nombrarla. 
 
Antonio, querido amigo, compañero, cofrade, nazareno verde, “la procesión va llegando a su fin y en este fin está la Madre...” la “Señora de la elegancia y de la belleza”, tu “Dolorosa atravesada, doblada, quebrada en el dolor y, sin embargo hermosísima en el gesto contenido de tu llanto silente”.
 
Querido amigo, con mis torpes palabras y con mucho atrevimiento he intentado describir el retablo del Carmen de tu vida y el Portichuelo de tu palabra, he intentado acercarme a la Colegiata de tu prosa y a las Capillas Tribunas de tu poesía y también con pobre y aprendiz retórica he intentado referirme a las espadañas de tus ensayos... de tus citas. 
 
Pero sé y eso me reconforta que siempre me quedará el Torcal de tu amistad, el Dolmen de tu entrañable recuerdo, en definitiva, me quedará el amor de la Antequera eterna y siempre sabrás que con “el alma hecha pedazos y sobre la piedra mis cansados brazos se han quedado dormidos y ahora temo que este recio dolor en que me quemo, me consuma al quedar sin tus abrazos...”.