Desde hace siglos el hombre se felicita la Navidad o se desea felices fiestas llegando estas fechas. Como cristianos nosotros nos felicitamos la Navidad. La razón se nos da en la liturgia del día de hoy: “La palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. Ésta es la gran noticia que hoy celebramos. La buena noticia de un Dios que está con y en medio de nosotros. 

 Por ello, nuestra actitud en esta esplendorosa mañana de la Navidad no puede ser otra que ésta: Alegría, alegría, alegría. Alegría por los niños que acaban de nacer y los que van a nacer. Alegría por los más ancianos que en estos días viven una Navidad más.
Alegría para los que tienen esperanza y para los que ya la han perdido. Alegría para los abandonados por todos. Alegría para las madres de familia que en estos días estarán más cansadas de lo habitual preparando las comidas, y para esos hombres que a lo mejor en estos días se olvidan un poquito de ganar dinero y descubren que hay cosas mejores en el mundo.
 
Sí, hermanos, ¡Alegría, alegría para todos! Alegría, porque Dios se ha vuelto loco y ha plantado su tienda en medio de nosotros. Alegría, porque Él, en Navidad, trae alegría suficiente para todos.
 
La Navidad encierra un secreto profundo que, desgraciadamente, se les escapa a muchos de los que hoy celebrarán “algo”, sin saber exactamente qué.
 
Muchos no pueden ni siquiera sospechar que la Navidad nos ofrece la clave para descifrar el misterio último de nuestra existencia. Generación tras generación, los hombres han gritado angustiados sus preguntas más hondas. 
 
¿Por qué tenemos que sufrir, si desde lo más íntimo de nuestro ser todo nos llama a la felicidad? ¿Por qué tanta humillación? ¿Por qué la muerte si hemos nacido para la vida? (Desde aquí un fuerte abrazo para todas la familias que por primera vez les faltará algún familiar a la mesa. También para vosotros familia Guerrero). 
 
 
 
 
 
Los hombres preguntamos... Y preguntaban a Dios porque, de alguna manera, cuando estamos buscando el sentido último de nuestro ser, estamos apuntando hacia Él. Pero Dios parecía guardar un silencio impenetrable. Ahora, en la Navidad, Dios ha hablado. Tenemos ya su respuesta. Pero Dios no nos ha hablado para decirnos palabras hermosas acerca del sufrimiento, ni para ofrecernos respuestas profundas sobre nuestra existencia. Dios no nos ofrece palabras. No. “La Palabra de Dios se ha hecho carne”. Es decir, Dios más que darnos explicaciones, ha querido sufrir en nuestra propia carne nuestros interrogantes, sufrimientos e impotencia.
 
Dios no da explicaciones sobre el sufrimiento, sino que sufre con nosotros. No responde al porqué de tanto dolor y humillación, sino que Él mismo se humilla. Dios no responde con palabras al misterio de nuestra existencia, sino que nace para vivir Él mismo nuestra aventura humana.
 
Ya no estamos perdidos en nuestra inmensa soledad. Ya no estamos sumergidos en pura tiniebla. Él está con nosotros. Hay una luz. “Ya no estamos solitarios sino solidarios”. Dios comparte nuestra existencia.
 
Ahora todo cambia. Dios mismo ha entrado en nuestra historia y en cada vida personal. La creación está salvada. Es posible vivir con esperanza. Merece la pena ser hombre. Dios mismo comparte nuestra vida y con Él  podemos caminar hacia la plenitud.
 
Como los pastores, sin nada, vacíos de todo lo externo, simplemente con lo que somos, podemos caminar hacia el portal para encontrarnos con el Niño, con la “Palabra de Dios hecha carne”. 
 
Porque sí, no lo olvidemos, Dios “tiene palabra” y la cumple. Por eso, la Navidad es siempre para los creyentes una llamada a renacer. 
 
Una invitación a renacer la alegría, la esperanza, la solidaridad, la fraternidad y la confianza total en el Padre. Hoy, más que nunca, debemos estar felices. De todo corazón os deseo Feliz Navidad a todos los lectores.  Más información, edición impresa sábado 7 de enero de 2017 (pinche aquí y conozca dónde puede adquirir el ejemplar) o suscríbase y recíbalo en casa o en su ordenador, antes que nadie (suscripción).