Hoy mientras dormía, 

he paseado por mi ayer...

y he llegado hasta la calle Zacatín,

y allí, detrás de un zaguán, 

los olores de jazmín 

se enredaban por una parra 

que estaba llena de generosidad y alegría...


Sentí que había llegado a mi hogar

y allí estaba ella, María...

Aun me pregunto como de tu mágica chistera,

metiendo un poco de risas y muchos abrazos,

aparece un amor que perdura

en infinitos atardeceres.

Ya es de día,

tomo mi café con leche...

y pienso en ti, María... ¡ay María!

Hoy tengo una batalla que ganar.

No quiero ir sola...

por eso te llevo conmigo, 

porque tú sabes ganar todas las guerras,

¡Ganaste tantas!


Sin armas, ni fuegos,

todas en silencio, una tras otra,

sin cansarte, sin desvanecer…

¡Guerras de mujeres bien arremangás!

(como diría mi abuela... tu tita Dolores).

Salimos juntas por calles lejos de Anticaria,

caminamos mucho rato,

en silencio pero juntas,

amarraditas del brazo…

¡Cómo me gusta eso!

Mis ojos se volvieron azules

de tanto mirar al cielo, y entonces tú,

soltándote de mi brazo despacito, 

me dijiste al oído...

-Niña, ¡que me tengo que ir a cuidar a mi Antoñín!

“Ve con Dios, María!… Te dije yo.

Para una gran mujer, María Narbona Gallardo de todos los que la quisimos y queremos.

Descansa en paz.

MARÍA TERESA RIVAS GALLARDO