Hace unos días que los españolitos de a pie fuimos sometidos de forma impune al espectáculo de presenciar y oír el último debate de investidura celebrado en el Congreso de los Diputados. Sinceramente y bajo mi humilde opinión, me ha parecido un espectáculo deleznable; y no me refiero a los contenidos de los distintos discursos, sino a la forma de trasmitirlos.

 

Si nos detenemos a escuchar de forma más o menos atenta, nos podemos encontrar con un compendio del mal uso del español. Hemos podido escuchar leísmos, laísmos, queísmos, dequeísmos, quesuismos, frases mal estructuradas y un sin fin de errores gramaticales. Pero como todo en este mundo, podemos empeorar. Uno los mayores errores que podemos cometer en el uso de nuestro idioma es saber distinguir entre lo formal, lo informal e incluso lo vulgar. 

 

Bajo mi punto de vista la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados, debe ser un lugar desde el que el discurso debe ser fundamentalmente formal. Esto no quiere decir que sea un oasis de tecnicismos y cultismos; lo formal no está reñido con lo entendible, pero si lo está con lo informal, que debemos usarlo en los ámbitos recomendados y más aún con lo vulgar, que es algo que deberíamos desterrar de nuestro día a día. 

 

¿Podemos seguir empeorando? Seguro que sí. Durante las jornadas que nos han estado instruyendo los amables Diputados y diputadas sobre dialéctica y saber estar, podemos destacar también el maltrato absoluto a las normas básicas que debemos tener en cuenta al debatir sobre cualquier tema. Hemos podido ver y soportar interrupciones durante el turno de palabra, aspavientos, gesticulaciones exageradas, sobreactuaciones y de nuevo otro compendio de no saber estar en un lugar tan trascendental como la mencionada tribuna de oradores del Congreso de los Diputados.

 

Una vez reflexionado sobre lo anteriormente expuesto, me planteo como podrán Sus Señorías redactar o en su caso refutar cualquier ley que tenga que ver con la convivencia y la educación de una sociedad que es la que les vota y a la cual tienen el noble deber de representar. No debemos ser ilusos y pensar que pueden volver grandes rapsodas como Sagasta, Cánovas, Castelar, Pí y Maragall, Canalejas y otros muchos grandes oradores que elevaron el Congreso de los Diputados a un templo de la elocuencia y el respeto a la lengua y sus normas.

 

Pero lo que no debemos hacer es permanecer en silencio y permitir que nuestros hijos crezcan creyendo que lo visto y oído durante estos días es lo habitual y correcto para debatir sobre cualquier temática. Me niego a eso. Debemos fomentar entre ellos la tolerancia, las buenas formas, la corrección… Lo que siempre se ha llamado educación.Aun estamos a tiempo de evitar que en nuestra sociedad se sigan practicando “devates de hinbestidura” y llenemos nuestras calles, aulas y demás ámbitos de socialización en templos donde se realicen debates de investidura o de cualquier tipo. Creo que es hora de enarbolar la bandera de nuestra lengua y hacer de ella algo grande para poder sentirnos orgullosos de ella.

JOSÉ JAVIER SANTOS PÉREZ