Desde luego no estoy pensando en la estación climatológica cuando digo que temo a las rachas de invierno en que la parca no se anda con chiquitas y se lleva consigo un pedazo de nuestra alma mientras nos deja el amargo sabor de la muerte. A menudo la vida es demasiado dura con algunas personas y ante una situación así es comprensible que la reacción más corriente sea lamentarse y pelearse con el mundo; sin embargo las hay que adoptan, aunque la procesión vaya por dentro, una actitud valiente y decidida con la que despiertan admiración a la vez que complicidad de mucha gente y no sólo de sus seres queridos.

 

Esta mañana, apenas se había puesto en marcha mi motor vital, sonó el teléfono y extrañamente, no ya por la temprana hora que era, temí una mala noticia como así fue. Una mujer muy querida en mi entorno familiar –la prima María de Antequera– nos ha dicho adiós tras una vida en que tuvo que pelear mucho para sacar adelante a su numerosa prole y dolorosa en determinados momentos en que el destino, o no sé cómo llamarlo, se cebó con ella. 

 

Desde aquellos lejanos años en que su marido, Juan Lozano, se subía de madrugada en su camión para intentar conseguir un jornal que no alcanzaba para muchas alegrías; pasando por otra etapa de enorme entrega cuando regentaban con un exquisito tapeo el Bar Lozano en la antequerana calle Trasierras, para más tarde afrontar una gran incertidumbre al establecerse, casi como auténticos pioneros, en el polígono industrial a quien más de uno y de dos auguraban un futuro poco halagüeño.

 

Ella, que siempre estuvo en primera fila trabajando sin descanso para sacar adelante los proyectos en los que mano a mano con su marido se embarcaba, tenía siempre un talante adornado de una bondad que admiramos quienes hemos tenido la suerte y el gusto de conocerla. Pasaron los años y a base de mucha dedicación y esfuerzo progresaron y su emblemático restablecimiento “El Lozano” se convirtió en un importante referente en Antequera con la colaboración y el trabajo de sus hijos que supieron asumir las responsabilidades que sus padres les inculcaron. 

 

Sin embargo, cuando por fin ya podía disfrutar de sus logros, un mazazo de los que difícilmente uno se recupera la dejó sin aliento. Pero ella nunca se arredró ante los esquinazos de la vida y en este caso no iba a ser menos; su dolor no desapareció pero supo disimularlo bajo esa dulzura de la que siempre hizo gala y tornó su pena en arrojo para salir triunfante; pues María ha sido eso, una luchadora valiente de las que hoy hacen mucha falta para rehabilitar un mundo donde ya no queda sitio para tantos pusilánimes ni cobardicas de ésos que se amilanan ante las más pequeñas adversidades.

 

Se ha ido dándonos además una lección de la que habría que tomar nota, ya que no sólo ha sabido afrontar grandes contratiempos, sino que lo ha hecho aprendiendo a vivir en un mundo de hombres donde el papel de la mujer estaba infravalorado. Lástima que la estela dejada por mujeres como ella no haya servido para alcanzar en mayor medida esa igualdad que tanto se predica en medios de comunicación pero que aún está algo necesitada de rodaje.Por cierto, temo cada vez más a estas rachas de invierno que me dejan sin aliento y se llevan sin miramientos a gente que quiero. 


JUAN LEIVA