"No culpes al alcohol, sino a quien lo toma"

Un nuevo día se emprendía en aquella época tan oscura. Apenas eran las siete de la mañana cuando Luke ya estaba trabajando en el campo. Luke era un chico de doce años, tenía el pelo oscuro y unos ojos tan verdes como el campo en primavera. Su hermana Mandy todavía estaba durmiendo, ella tenía cinco años, su pelo era rubio como el sol y sus ojos marrones como la tierra mojada. En el pueblo en el que vivían estaba prohibido el alcohol. Al alcalde no le gustaba nada, antes sí hasta que su padre murió en un accidente de coche por ir en estado de embriaguez.

Desde aquel 31 de marzo, el comercio o el consumo del alcohol quedó totalmente prohibido; el castigo: la cárcel. Unas cuantas personas ya había ido a la cárcel y otras dos estaban a punto. Los padres de Luke y de Mandy eran unos vagos, por eso el niño trabajaba, él era el único que traía comida a casa, los padres se pasaban el día durmiendo, comiendo y viendo la tele. Por la mañana, mientras Luke trabajaba, un niño de su misma edad con pelo castaño y ojos negros le dijo: “¡Hola, soy Miguel!” Lo miró durante unos segundos hasta que al final dijo: “Hola yo soy Luke, ¿te puedo ayudar?”, preguntó Miguel. La verdad es que Luke no le venía nada mal un poco de ayuda, así que aceptó.

Los dos sudaron la gota gorda, pero el trabajo ya se había terminado y solo eran las once de la mañana, un nuevo récord para Luke.

Miguel propuso jugar un rato en el parque de la esquina; Luke miró el reloj y vio que todavía le faltaba un rato para irse a casa, así que se fue al parque con Miguel. Desde aquel instante Luke pensó que ya tenía un nuevo amigo y encima trabajador. Se lo pasaron muy bien hasta que llegó la hora de irse, los dos amigos se despidieron y volvieron cada uno a su casa. Cuando Luke llegó a su casa, sus padres todavía estaban durmiendo como era de costumbre, así que él mismo preparó la comida y después de comer, echar una siesta porque estaba cansado. Se le fue la tarde durmiendo y se despertó a la hora de la cena, cenó con su hermana y luego la acostó, después se acostó él. Aquella noche soñó que sus padres no eran unos vagos, pero los sueños, sueños son...

Pasaron cinco años y Luke y Miguel seguían siendo mejores amigos. Siempre se ayudaban entre sí, se hacían favores y más cosas. Aquella tarde Luke y Miguel ya estaban cansados de jugar, así que decidieron sentarse a ver la puesta de sol. Todo era precioso, los dos chicos se miraron y Miguel aprovechando el momento se lanzó y le dio un beso; Luke se quedó sobrecogido, no sabía qué hacer, así que decidió salir corriendo. Estuvo una semana sin salir de casa pensando en lo que había pasado y se dio cuenta de que le  había gustado. Seguidamente Luke y Miguel empezaron a salir como novios.

Un año después los chicos seguían saliendo, Luke ya estaba harto de ocultárselo a sus padres, así que aquel día habló de ello, aunque sabía cómo se lo iban a tomar. Los padres se quedaron con ganas de que la tierra se los tragase, no sabían reaccionar, así que fueron a lo más fácil: gritos y bofetadas. Mandy, la hermana de Luke, lo escuchaba todo desde su habitación. Los padres no sabían cómo olvidar lo que había pasado, así que recurrieron al alcohol. Luke desde su cuarto, entre lágrimas y enfados, decidió llamar a la policía para que se llevaran a sus padres, lógicamente no sabía lo que hacía, pero lo hizo. A la mañana siguiente la policía estaba a punto de llegar, Luke ya había recapacitado, así que lo único que pudo hacer, es coger a su hermana y salir corriendo por la puerta trasera. Mientras se lo explicaba, se oían gritos de sufrimiento. Luke estaba muy arrepentido y Mandy, aunque no le gustaba la idea de que sus padres fueran a la cárcel le dijo: “Luke, no te culpes a ti, ni al alcohol, sino a quien lo ha tomado”. Esas palabras reconfortaron a Luke.

Llegó el día en el que los padres de Luke salían de la cárcel y Luke esperaba que le perdonaran y así fue. Al final todos vivieron felices.

Marcos Pérez Pérez, del Instituto Los Colegiales