Se cumple el año próximo, 2020, el cuatrocientos aniversario de la popularmente conocida como Cofradía del Socorro, la de “Arriba”, por encontrarse en la parte alta de la ciudad; la del Portichuelo, por ubicarse en la plaza, zona de Antequera que lleva este nombre.

 

Son cuatrocientos años de la ceremonia de fundación de la nueva Cofradía de la Cruz de Jerusalén, presidida por don Rodrigo Manuel Narváez y Rojas, alcaide y alférez mayor de Antequera, señor de Bobadilla, del Cambrón y de la Rosa, a la que asistieron cerca de doscientos cofrades o “partidarios”. 

 

La nueva cofradía comienza su singularidad el 8 de marzo de 1620, aprobándose sus constituciones por el obispo don Luis Fernández de Córdoba el día 29 del mismo mes. Contaba con el apoyo de la familia de los Narváez, una de las más influyentes de la ciudad; viniendo a reemplazar a la Cofradía del Dulce Nombre de Jesús, cuyo titular como es sobradamente conocido, y después de un larguísimo pleito pasa a ser custodiado por los dominicos.

 

No soy erudito, ni investigador en la historia de estos cuatrocientos años que atesora la Cofradía, y cuyo nombre completo actual responde a la denominación de “Sacramental de San Salvador, Real e Ilustre Archicofradía de la Santa Cruz en Jerusalén, Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima del Socorro Coronada”.

 

Quisiera expresar mi sentimiento hacia sus sagrados titulares: la Santa Cruz en Jerusalén, Nuestro Padre Jesús Nazareno y la Santísima Virgen del Socorro. Somos cientos de miles, sin ninguna duda millones, los fieles que a lo largo de estos cuatrocientos años hemos acudido a ellos, a su intervención divina ante nuestros problemas, ante nuestras necesidades, angustias e inquietudes, a las que como todo ser humano hemos estado expuestos en el transcurso de nuestras existencias.

 

Hemos acudido a ellos ante la certeza de que nuestras peticiones no caían en “saco roto”, sabíamos que como hacedor, creador y madre nuestra no nos iban a abandonar, sino que por el contrario, su amparo y protección siempre estaría con nosotros. Así ha sido y de ello podría dar fe la legión, porque hemos formado legión, todos los que hemos acudido a su divino amparo. 

 

¡Qué infinita es la preocupación de una madre ante las necesidades de sus hijos! ¡Qué alegría hemos experimentado al no sentirnos huérfanos! La hemos tenido ahí, presente en nuestro devenir diario, sabíamos que nuestra Virgen del Socorro era la madre solícita, abnegada y entregada, con la que siempre podíamos contar y que nunca nos abandonaría. ¡Qué seguridad ha proporcionado a nuestras vidas, a nuestra existencia!

 

Quiero hacerme portavoz de todos los que hemos acudido a ellos; con mis torpes palabras y expresiones, quiero reflejar el sentir y agradecimiento de tantos y tantos devotos que a lo largo de tan dilatada etapa han estado ahí, acudiendo a su amor, entrega y predisposición hacia el género humano, son muchos los hombres y mujeres que los han tenido como referente de sus vidas, como meta y camino a seguir para llegar al Padre.

 

La felicidad y “bien estar” que nos han deparado es tan grande, que ha ocupado toda nuestra existencia; por ellos ha merecido la pena vivir; nuestro padecer y el sufrimiento que hayamos podido experimentar a lo largo de nuestra vida, ha tenido su razón de ser al tener como modelo y fin al que más sufrió y padeció por el género humano, a Jesús, a Nuestro Padre Jesús Nazareno, muerto y resucitado por mis pecados y los de toda la humanidad, y a su excelsa madre, Nuestra Señora del Socorro, que lloró y padeció por su divino Hijo, al verlo humillado, olvidado del pueblo, negado por sus seguidores y crucificado, padeciendo una incruenta e injusta muerte clavado en un madero.

 

No es bien nacido el no ser agradecido, por ello quiero daros las gracias en nombre de todos los que a lo largo de estos cuatrocientos años hemos acudido a vosotros. No solamente habéis existido para escuchar nuestros lamentos, peticiones y súplicas; también habéis sido objeto de nuestro agradecimiento, del reconocimiento a vuestra labor, a vuestra entrega y ayuda patente en todo momento.

 

Gracias, porque vuestra intervención, nos ha hecho mejores, más humanos, más entregados a nuestros semejantes, a las necesidades de los que nos rodean. Sabemos que al avance que hayamos podido experimentar no es mérito nuestro, sino vuestro, que nos habéis proporcionado las fuerzas, el impulso necesario indicándonos el camino a seguir que nos conduce a la verdad plena, a la actuación adecuada que los demás requieren de nosotros.

 

 Desde nuestra pequeñez, y ante la grandeza de vuestra presencia, nos sentimos felices, porque sabemos que no estamos solos, abandonados a nuestra suerte, en este mundo lleno de penas y calamidades; os tenemos ahí como mediadores, protectores y auxiliadores nuestros, gracias por vuestro consenso y amparo hacia nuestras personas.

 

Os pedimos que sigáis deparándonos vuestros favores, que no nos olvidéis, que nos tengáis siempre presentes en nuestras vidas, y que en vuestros planes salvíficos, Nuestro Padre Jesús Nazareno, estemos siempre latentes, para que con la inestimable en imprescindible ayuda de vuestra santísima madre, Nuestra redentora Virgen del Socorro podamos alcanzar y gozar las promesas de una vida eterna en gozo perenne con el Padre.