Han pasado ya algo más de dos semanas desde el inicio del año. Un inicio que estaba destinado para que comenzáramos juntos este nuevo período de 365 días, pero que se convertiría también en el final de una vida de entrega y de servicio al prójimo. Esto último yo ya lo sabía –lo había mamado desde pequeño– pero me quedó aún más claro cuando, la jornada del día 1 de enero y la mañana del día 2, esto que comento quedó plasmado en tanta y tanta gente que se acercó a acompañarme a mi familia y a mí tanto al tanatorio como a la iglesia del convento de Capuchinos donde, tan cariñosamente y con tanto amor, se despidió a mi madre de esta vida en la tierra y se le dio la bienvenida a una vida de tiempo pleno para el Señor. 
 
No caben en mí palabras de agradecimiento de cuanto afecto y cariño nos transmitieron cuantos familiares, amigos, compañeros de trabajo, de aventuras y “batallas” estuvieron presentes con nosotros en estos duros momentos. Esa capilla ardiente, repleta de flores, me recordó al gran amor que mi madre tenía por la naturaleza y por preparar en primavera las mejores plantas para nuestro jardín familiar del campo, cuán maravillosa es la primavera que nos recuerda que la naturaleza cumple su ciclo y de nuevo “vuelve a la vida” para llenarnos de un Pentecostés lleno de fuerza y ganas para emprender nuevos caminos… 
 
Así fue la despedida de mi madre: un mensaje claro de que la muerte en la tierra significa el haber cumplido con nuestra misión aquí y, al mismo tiempo, un mensaje de esperanza de que, los que creemos firmemente en la Resurrección, sabemos que -–cómo no puede ser de otra manera– mi madre disfruta de la alegría del Cielo. Desde allí, seguirá siendo madre mía y de todos los que la quisieron como madre, hermana de mi tía María José y la de todos los que la abrazaron como hermana, hija de mis abuelos José y Lola, y de todos cuantos recuerdan cómo creció esa niña hasta hacerse mujer y que nos regaló su vida, entregándola, para que, a día de hoy, recojamos todos los frutos del cariño, amor, respeto y entusiasmo que ella sembró con constancia, humildad, esfuerzo, dedicación y, como ella siempre me ha enseñado, siempre con una sonrisa en la cara para contagiar a los demás. A todos los que nos habéis acompañado en estos duros días y que nos estáis haciendo más llevadera su falta, sonreíd porque mi madre, María Dolores Arjona Clavijo, vive plena de felicidad en el Señor. ¡Gracias de corazón!
 
Emilio Córdoba Arjona