Admirada amiga y compañera; tan trabajadora, fiel y constante. Somos no pocos lo que recordamos aquel mes de marzo de 2016 en el que un prehomínido, machista, por llamarlo de alguna forma quiso violar tu intimidad y tu privacidad, espiándote y grabándote mientras te duchabas en el vestuario al terminar una dura jornada de trabajo como las que siempre y de buena gana acostumbras a hacer. 

Estabas temblorosa y consternada, ¿cómo te ibas a imaginar algo tan insólito? mientras que él permanecía frío e impertérrito. No creías que  tu propio compañero de trabajo pudiera traspasar esa línea de forma tan ruin y mezquina. Y es que en esta todavía sociedad patriarcal en la que vivimos muchos se creen con el derecho de acosar, abusar y cosificar a las mujeres para su deleite personal y quién sabe si de otros. Confiabas  en tus superiores, en que ellos iban a comprenderte, a actuar con determinación y atajar el problema con la profesionalidad esperada. 
 
Sin embargo, te encontraste de nuevo con ese muro con el que nos encontramos todas las mujeres, con el cuestionamiento de tu comportamiento y exculpación del acosador (que si era una bromita, que si se le podría arruinar la vida, que si no sabía lo que hacía…) ¡Cuántas y cuántos comentarios tuviste que escuchar y qué sola te encontraste! Te dijeron que no denunciaras  y que aquel tormento quedara entre los fríos muros del despacho. Así mismo, no sólo te abandonaron a tu suerte al  no personarse como acusación en el juzgado y no  denunciar un delito tan grave, sino que incluso quisieron silenciarte. 
Y con ello silenciaron a tantas niñas y mujeres víctimas de violencia de género (la cifra de denuncias por violencia de género  en España ascienden a 42.689 en el segundo trimestre de 2017) que día a día luchan contra esta lacra y el entorno de hostilidad que les rodea.  Volviste a acudir a ellos ante su pasividad  y ante el riesgo de que lo acontecido le volviera a pasar a otras mujeres y niñas  pero de nuevo te encontraste con el silencio. Pasó un largo tiempo en el que palideciste de ese shock postraumático tan común en víctimas de violencia de género, en el que somatizaste toda la situación vivida y seguías encontrándote sola. Incluso escuchaste como algunas mujeres decían que cómo es que te duchabas sola a esas horas.  
 
¡Qué duro y cruel es este machismo que nos acompaña y que  tanto daño nos hace a mujeres y hombres! Pero no, compañera, no  estabas ni estás sola, te acompañábamos  personas que no sólo tuvimos la desgracia de presenciar semejante trago sino que te apoyábamos, te escuchábamos y te animábamos a quitarte esa pesada carga de encima, ese silencio que te impusieron. Muchos somos los antequeranos y antequeranas que movidos por la solidaridad alzamos la voz en defensa de la igualdad de género y en contra de las actitudes machistas y sexistas. 
 
No  estamos dispuestos a consentir que vuelvan a repetirse situaciones de este tipo y que estas agresiones queden impunes.  Tampoco queremos dirigentes políticos que  miren a otro lado y no actúen en consonancia con el puesto de responsabilidad que ocupan mintiendo continuamente a sus conciudadanos. No estás sola compañera, todos te apoyamos y respetamos. Te recompusiste y lo hiciste. Deseamos que  encuentres la paz y aunque en su día no se hizo justicia en tu nombre sepas que nosotros la hemos hecho por ti,  que emprendas tus nuevos retos con libertad y sin miedo. ¡Lo mereces: eres una mujer valiente!