(A mi hermana Pepa, 
quien me enseñó que los jardines 
de la vida se cruzan en solitario).

¿Por qué te vas tan lejos de mis días? Y tu voz, con un silencio triste, en no sé qué tren se alejó de la vida. ¡Cuántas cosas quedaron por decirme, cuando ya no podías! Solo tus ojos me miraron dulces, arropados ya por la agonía, Y un silencio de espuelas galopaba tras las luces del día.
 
Qué rápido se rompió, entre tú y yo, la cercanía. Sonámbula de fe, grité al destino: ¿Por qué, por qué, por qué ahora? ¿Por qué ella, si aún quedaban letanías en el rosario de su vida? ¿Por qué sus manos se soltaron de las mías y vistieron de negro mi corazón cansado, que tanto la quería? ¿Por qué? ¿Por qué?... Y nadie respondía.
 
Solo el aire detrás de la ventana lloraba sin medida, y un silencio de espadas atravesó mi pecho al fin de su agonía. Mi mano, que arropaba la suya, se rompió en soledades, sintiéndose vacía. ¡Ay, su mano, que tanto me apoyó en la tortura mía!
 
Sus manos en las mías apretaban silencios que ya nadie sentía. Me miró, y una sonrisa débil brotó de sus labios, de un rojo ya cansado. Y se fue, vestida de sueños. Aquel momento derramó su hielo sobre mi alma herida.
 
¿Por qué llegó aquel día con una hora marcada que tuve que aceptar? Era un conjuro largo que rompió sin piedad todo lo más secreto. La sonata del tiempo arrastraba mis lágrimas por mis párpados húmedos, como pájaros rotos.
 
Y el invierno arrancó de su cuerpo dormido sus hojas de canela. Ya no está entro nosotros. Solo queda el suspiro que de luto vistió mi corazón herido.
Hoy solo tengo hambre de soledad sin prisas para evocar su rostro vagando por las sombras de la melancolía.
 
La Navidad me llama, pero yo no la oigo. Es mi pena incansable. ¿A quién preguntaré ahora, cuando las dudas me alcancen, hermana, compañera, amiga?...
Sé que Antequera te llora detrás de las celosías de sus monumentos, y escribe tu nombre con letras de justicia.
 
Hoy que el sol calienta los rosales de la monotonía, y aún te espero impaciente, como la noche al día, déjame que duerma sobre el dintel deshojado de tus ojos, ¿no ves que el tiempo pasa y no nos dice adiós?
 
Que yo te buscaré por las rosas abiertas de tu ausencia, y romperé la página del olvido, porqué sé, hermana, y no lo dudo, que tú, siempre, y por siempre, estarás conmigo.