Como orgulloso hijo de Ángel Guerrero, podría resultar cuando menos previsible alabar y ensalzar la figura de mi padre por el mero hecho de ser tal. Sin embargo, hay excepciones que hacen inevitable rendirse en elogios hacia uno de los más importantes paisanos, vecinos, eruditos o personajes que la ciudad de Antequera haya tenido durante la segunda mitad del siglo XX y comienzos del siglo XXI. 
 
Pero no me voy a centrar hoy en profundizar en su figura pública, sino en agradecer todos esos pequeños detalles que tengo la suerte de poder haber adquirido como míos gracias a él. Recuerdo como Manuel Porras nos preguntaba en La Salle (en una actividad enmarcada en aquellos cuando menos discutibles y experimentales primeros cursos de la LOGSE) a quién queríamos parecernos en la vida. Fruto de esa niñez inmadura, mi respuesta fue inconscientemente diferente a la de hoy, aunque gracias a aquel momento he podido afrontar mi vida como un auténtico libro abierto bebiendo de las inagotables fuentes de la cultura que han emanado siempre desde mi padre.
 
Parecerse a mi padre conllevaría amar el cine. Desde “El Violinista en el Tejado” a “Moulin Rouge”, pasando por “West Side Story”, “My Fair Lady”, “Yentl” o su inseparable “Fantasía”. Qué casualidad que todas estas películas son musicales, aunque siguiendo entrebuscando entre sus gustos, es de imaginar cuánto significó para él el mundo de la música: desde el sinfonismo de Beethoven, el romanticismo de Tchaikovsky o la alegría de Strauss (todo evidentemente dirigido por “su” Karajan), hasta los endiablados ritmos de “The Beatles”, pasando por las inolvidables letras y canciones de Juan Pardo o las adaptaciones de André Rieu de su siempre preferido instrumento musical: el violín. 
 
Parecerse a mi padre conllevaría amar el arte. Pasando desde las grandes construcciones del Egipto, la Grecia o la Roma más antigua, hasta los grandes genios de la pintura española de El Prado y, ante todo, por la magnificiencia del para él genio artístico supremo con obras cumbres como “La Piedad” o los frescos de la Capilla Sixtina: “Miguel Ángel” Bonarotti. 
 
Parecerse a mi padre conllevaría amar los toros. Aquí sí que no hay punto intermedio, puesto que por encima de todos estaba Antonio Ordoñez, al que obviamente después se unieron otras grandes figuras como Paquirri, Miguel Márquez, Manzanares, Espartaco o Enrique Ponce.
 
Parecerse a mi padre conllevaría amar el deporte y la forma de verlo a través de ese sueño común de los dos que se llama “radio”, destacando sobre todos el fútbol y el balonmano. Que sí, que era un aférrimo hincha del Athletic de Bilbao con un toque añadido de “merengón” inevitable. Por siempre me quedará su recitable dicho de “Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gainza”, su admiración por Di Stéfano o Gento, y su “devoción” por Iribar, Clemente, Dani, el más reciente Aduriz o su “sobrino” Julen Guerrero. 
 
Pues va a ser que sí, va a ser que a mí también me gusta el cine, toda la buena música, el arte (“ismos” aparte con excepciones), los toros, el fútbol y el balonmano. Sus grandes aficiones, mis grandes aficiones. Gracias a él soy lo que soy, y orgulloso de serlo. ¿Que todo eso significa que yo me parezca a mi padre? Pues va a ser que sí, que me parezco...